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Los caizara. Pesca y turismo en Praia do Sono

Mar en Praia do Sono

Relatos de Viaje

Los caizara. Pesca y turismo en Praia do Sono

Los caizara. Pesca y turismo en Praia do Sono

Pluma iba al mar haciendo toples. Para Susuca, originario de la comunidad caizara, acostumbrado a la pesca, el machete y el matrimonio para toda la vida, resultaba un escándalo. Se acercaba a mi escritorio improvisado con bambú. Me veía escribir. Comentaba con ojos duros: 

-Está provocando. Eso no se hace.

No podía disuadirlo de su idea de respeto a las costumbres del pueblo. Tampoco convencí a Pluma, que se creía con la libertad de mostrarse a sus anchas en tanto no se metiese con nadie. Por ser muy piba, tal vez, no le importaban las pautas sociales ni los prejuicios. Con el ávatar y el médico, una mañana, desaparecieron.

Sono nace en la playa y se mete por senderos de arena en la selva de montaña. Las piedras de los arroyos hacen de puente. La vegetación es intensa, de lluvia, con frutas enormes y mosquitos invisibles.

Susuca, nacido en esa tierra como todas sus generaciones anteriores, se convirtió en mi único y gran amigo. A lo largo de meses pude conocer su historia y la historia de la comunidad. Caizara significa mezcla de indio y europeo; pero los ojos celestes de algunos y el porte esbelto de la mayoría no parecen venir de Portugal. Muchos creen que la comunidad se mezcló con piratas holandeses en la época de la Conquista. La ruta del oro iba por tierra de Ouro Preto a Paraty, una ciudad colonial muy próxima.

-Desde el puerto lo mandaban en barco a Portugal –me justificaban-. Los piratas se escondían en esta bahía.

Hasta la época del abuelo de Susuca, además de pescadores eran campesinos: en sus quintales crecían árboles frutales, mandioca, porotos y hortalizas. Para vender el pescado tenían un viaje largo: atravesaban un antiguo sendero de montaña cargando la mercadería; entre barro, agua y manglar desamarraban la canoa y remaban por horas hasta Paraty. Con los billetes que recibían compraban sal, azúcar y zapatos para la iglesia. Una única iglesia hay en Sono, evangélica y ortodoxa. Por lo demás, andaban descalzos y tenían prácticamente una vida de autosubsistencia.

Fue la generación del papá de Susuca la que dejó de plantar. La misma generación de mi abuelo –años de posguerra-, cuando intencionalmente se publicitó la comida enlatada que habían mandado a los soldados. Sobraban latas y envases que representaban una oportunidad de negocio. Nacía un nuevo mercado, el mercado del pueblo y de la ciudad, en reemplazo de la quintita personal. El papá de Susuca prefirió emplearse en un gran barco, largos meses tirando de la red para ganar un poco más de plata. Abandonó la huerta creyendo que la comida del mercado era más nutritiva, mucho más rendidora (no se echaba a perder) y mucho más barata (para qué el esfuerzo de producirla).

La generación de Susuca creció sin conocimientos de la tierra y hoy el Mercado tiene a todos agarrados del cuello. Susuca a los doce años debió salir a trabajar para ayudar en la economía familiar. Se hizo pescador, como su papá, en una de las grandes firmas de altamar. Las casas se construían de adobe y madera del monte, no por cool, me decía la prima de Susuca, sino porque no había alternativa.

La playa larga y solitaria era el rincón de los pescadores y de los buitres negros esperando las sobras. La basura, hasta hace poco, se acumulaba entre las casas.

El turismo de temporada trajo alivio. Susuca me lo decía con ojos emocionados.

-Sono para el turista es una larga hilera de campings y cantinas en la arena. Pero la plata no me da más felicidad. No. Me da más confort. La felicidad… me la da la cachaza.

Rió. No hablaba en serio, aunque un gran número de pobladores toma casi a diario; algunos, como Susuca, continúan la vida con actitud de gentleman; otros son típicos borrachos.

El debate, como en Jericoacoara, es si hacer o no un acceso para los vehículos. Pero en este caso todos los pobladores son nativos. Quienes se oponen ven que Trindade, pueblo vecino a media hora de lancha, trajo con la ruta toda clase de turistas, desorden, robos y drogas. En Sono no hay policías ni ladrones. Parece el paraíso, aunque cada uno en la intimidad tiene carencias como cualquiera, e ilusiones que hacen de parche.

Una vida en paz es necesaria, pero apenas requisito indispensable para salir a encontrarse.

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