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Movimiento de Indignados

Graffiti en medio del Movimiento de los Indignados en Río de Janeiro

Relatos de Viaje

Movimiento de Indignados

Movimiento de Indignados

No había escuchado hablar de este movimiento, que lucía improvisado pero se propagaba por muchísimos países. El viaje me aleja naturalmente de las noticias –las llamadas noticias-, a pesar de que traigo encima la nostalgia porteña del barcito, el diario y el café. Mi abuelo me lo critica. Primero inquiere:

-¿Te enteraste? –Enseguida, ante mi negativa-: Pibe, ¿en qué mundo vivís vos?

-Abuelo, el pibe que mataron es un caso aislado, ¿cuántos mueren así? Son excepciones.

-¡Qué excepciones! ¿¡No viste al que agarraron los patovicas a la salida del boliche!? Ahora encontraron un bebé en el tacho. Presa tiene que ir la mamá. ¡Delincuente! ¡Yo la mato a ésa!

No nos escuchábamos, cada uno en su postura, esperando el momento para tirar como un dardo la respuesta. Yo le negaba el valor de la <<noticia>>, por más que me gustaran las de envergadura nacional o internacional que me contaba. Las otras, las <<noticias-caso>>, se las rebajaba a venta fácil: si el morbo funciona, para qué arriesgar la audiencia en un marco de noticias optimistas.

-Qué contar y qué no es una decisión –lo quise aleccionar a lo sabelotodo-. ¿Por qué algo es noticia? ¿Quién decide? ¡Hay mil realidades!

-¡Vivís en este planeta vos! El noticiero te informa, pibe.

Yo le decía y le repetía que los medios masivos tienen voz más autorizada que la propia realidad: no importa que uno conozca pocos casos desgraciados y en el común cotidiano se encuentre con personas tan normales como uno, si la tele muestra a los desencajados que matan.

En Plaza Cinelandia –plaza central de Río de Janeiro-, el Movimiento de los Indignados se desarrollaba sin cobertura mediática. Había acampe, mucho movimiento académico y panfletos. Las quejas eran contra el Sistema: la extorsión económica de las empresas, la pobreza masiva y el hambre, el consumismo como pauta central a pesar de la contaminación del planeta y el deterioro físico y psíquico del ser humano.

Monté mi carpa entre el montón, alentado por un barbudo medio zaparrastroso:

-Acá es un buen lugar si querés: estás cerquita del baño.

A la vista no vi ningún baño químico, pero él me señaló con una sonrisa pícara el Mc Donald.

En el centro de la plaza, en ronda, debatían docentes, alumnos y militantes políticos. Algunos borrachos perdidos se acercaban a escuchar. No tenían mucha paciencia o no captaban la jerga académica. Pero parecían estar a gusto, supongo que se sentían contenidos. Si tenían hambre había un poco de comida a disposición, no mucha: sólo vi los cucharones el primer día.

Los militantes eran jóvenes, apasionados y de expresión sincera, nada que ver con los políticos de la tele. Exponían el modo de trabajo de su partido chiquito de izquierda. Docentes y alumnos escuchaban, pero había desconfianza.

-La historia política lleva siglos de corrupción y búsqueda desenfrenada de poder –decía un profe demasiado intelectual-, desde la época de Confucio hasta los  personalistas de ahora. –Y repetía una y otra vez-: La mayoría siempre fue pobre.

-Por eso les digo –protestaba el pelirrojo-, nosotros buscamos justamente cortar con todo eso; llenar las necesidades que dijimos.

Daban argumentos y datos contrarios; nadie sabía la verdad. Se sostenían en la Fe: la noción intelectual de cómo fue el pasado y qué es lo mejor para el presente.

Se enredaron en un círculo vicioso:

<<Los políticos tienen o no tienen la voluntad
de que haya pobres>>.

Mi vecino el barbudo protestó:

-Utópico –fue lo único que dijo.

Hubo un margen de silencio. Les habló a los militantes:

-No tengo nada contra ustedes: se nota que son idealistas y tienen buenas intenciones. Pero los de más arriba, los que de verdad deciden, dan más valor a su carrera política que a la ideología, ¿no es así?

Sin recibir verdadera oposición, siguió:

-Seguro que ni están en contacto con la gente. Despachos, reuniones, alianzas, dar y devolver favores, ¿no es así? Encima las instituciones están podridas, hay tantos departamentos y cosas que la plata se esfuma. Las empresas privadas no se salvan, claro: boletas sobrefacturadas, coimas; participás o te vas, ¿no es así en los niveles más altos?

Los militantes se opusieron para defender su partido y su propósito genuino de cambio social. El docente intelectual cortó:

– La institución política necesita de la obediencia debida al partido, así como la necesita el ejército o la iglesia. No hay margen de pensamiento crítico: con vistas a las elecciones establecen la estrategia y bajan una línea de acción para las filas.

Mi vecino aprovechó la volada:

-Me perdonan, pero un partido de izquierda puede emparchar el Sistema, dar beneficios a los pobres y achicar algo la brecha; pero no puede modificar la estructura: los cimientos. Si un presidente tercermundista pretende cambiar algo en serio va a tener que convencer a las corporaciones, las trasnacionales que sostienen la Economía con nuestra mano de obra barata e inculta, ¡y no creo que el presi vaya a decir nada a quienes financiaron su campaña!

El único militante que hasta entonces había estado callado, habló con voz calma:

-Sí, todo eso puede ser. Pero mirá dónde estamos: mirá a ellos –y señaló a unos borrachos de la esquina-. Mirá las favelas del morro. Si nosotros no ponemos el pecho, ¿qué pasa con ellos? Si seguimos confiando en la política es porque queremos ayudar. Y si vos tenés un mejor modo de cambiar las cosas, adelante, proponelo.

El barbudo calló pero le otorgó unos aplausos. Las risas distendieron el debate. Yo hubiera querido responder “Abandonar la ciudad, salirse de este tiburón devora-humanos y generar polos productivos en el Interior, decidir por aldea, por barrio, sin nación”; pero me quedé tímido a causa del idioma, el público y sobre todo mi falta de realismo.

Acampé hasta después de que todos se fueran, cansados de la lluvia y con miedo de una protesta masiva. Se anunciaba por otro asunto, pero con punto de cierre en nuestra plaza. Mi vecino fue otro de los resistentes; me dio la sospecha de que tampoco tenía dónde volver.

La marcha abarcaba cuadras de personas. Llegó hasta la estatua del centro pero no nos pisó. Faltaban los bombos y gritos de reclamo, como en Argentina; era música alta, bailecito y cerveza. Era short y ojotas. Brasil.  

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