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Mesa de luz por la mañana

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Mañanas

Mañanas

   La alarma suena a las 7.57, un pitido horrible que hace tiempo quiere cambiar por música. Abre los ojos con esfuerzo. Tantea el teléfono entre tantos objetos de la mesita de luz. Se propone tres minutos sagrados de fiaca, hasta las 8, pero cae en un sueño profundo y lo despierta la alarma de las 8.15. Lucha contra la fuerza insoportable de seguir durmiendo. Se endereza. Tendrá que apurarse si quiere llegar con poco retraso al trabajo. Bosteza, todavía abatido, enciende la tele y mira la temperatura. Un día helado. Levanta la persiana: pero está despejado. En el espejo del placar abierto ve sus pelos para cualquier lado, los ojos minúsculos, hinchados, y una raya de la almohada atravesándole la cara.

   Camina descalzo y en pijama hasta el baño. Siente frío al contacto de la cerámica, lamenta no haberse puesto las pantuflas, que dejó al lado de la cama para acordarse. Pisa la alfombrita del baño como a un islote a salvo de las aguas. Se arrastra con ella hasta el inodoro. Su mano descansa en la pared mientras mira cómo cae el chorro; apunta a restitos marrones que no se van. Antes de terminar aprieta el botón, pero erra el cálculo y enturbia el agua con el último chorrito amarillo.

   Agarra la pasta dentífrica de un vaso que pierde el equilibrio y cae con todo lo que contiene. Se frota los dientes con fuerza y ganas de terminar; raspa el cepillo contra la lengua provocándose sin querer una arcada. Para enjuagarse, como si estuviera dándole un beso de lengua a la canilla, se llena la boca con agua. Escupe el primero de los cuatro buches en dirección a los restos de pasta que ensucian la bacha.

   Se mira los dientes: comprueba si acaso no hay puntos negros en las muelas; adquirió la manía cuando la dentista en menos de un mes le sacó tres caries.  Con el espejo empañándose suelta el pijama junto a la puerta. Nota que su panza da signos de sedentarismo. Contiene el aire y mete hacia adentro la grasa; pero prefiere no verse reflejado. Eso sí: promete hacer ejercicio.

   Va con la alfombrita hasta la ducha. Los últimos chorros, a propósito, son helados. Sacude la cabeza para despabilarse y darse ánimos. Ya debe estar tarde: se seca apurado.

   Antes de salir hace con el dedo un círculo en el espejo. Se despeina, en un intento por peinarse, pero no le gusta y se demora ordenando cada mechón como si fuera casual. Toca la cerámica para abandonar el baño; presiente el frío que le espera afuera.

   Se viste con la ropa que eligió en la ducha. Hace tres cambios de camisa y deja en la cama las que sobran. Separa las cosas que llevará a la oficina. Las traslada a la cocina haciendo equilibrio, aunque le convenían dos viajes.

   Mira el reloj de pared. Calcula cuatro minutos para desayunar. Pone a calentar dos tostadas, y esperando, se propone cambiar de menú: empezó a odiar las tostadas, meses enteros tragándolas y siempre dos, con hambre o sin hambre. Las unta y se sienta a la mesa, pero se da cuenta de que las llaves quedaron en la habitación. Otra vez gasta tiempo y energía en buscarlas.

   Come apurado. Tendrá que caminar rápido hasta la parada del colectivo. Piensa en cuán conveniente sería subir y hacerse lugar hasta el fondo, aunque casi siempre debe resignarse a esperar de pie junto al chofer.

   Nota de repente algo extraño. Siempre especula con lo mismo: el colectivo lleno o vacío, la ropa del día, la necesidad de bajar la panza con ejercicios, de cambiar el sonido insoportable de las 7.57, de mirarse para ver si hay caries. Descubre una especie de ritual: correr la alarma, olvidar las pantuflas y adherirse a la alfombrita, apretar antes el botón, provocarse arcadas con el cepillo, tirar el vaso de la pasta, hacer cuatro buches, siempre cuatro, olvidar las llaves en la pieza y comer apurado. Por un instante siente miedo. Mira el reloj. Está, de nuevo, diez minutos tarde.

Se calza los auriculares repasando mentalmente las tareas de la oficina. Sale sacando humo por la boca, la vista aferrada a las baldosas. Presiente que vendrá el colectivo justo antes de llegar a la parada, así que acelera el paso, cada vez más, una vez más.

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