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Los tiempos del paraíso

Pueblo de pescadores: vista panorámica

Cuentos

Los tiempos del paraíso

Los tiempos del paraíso

 

 

Esta Casa de Turismo era la casa de don Lázaro. Gibrail la quería antes que nada porque lindaba con su hacienda, que llegaba desde muy arriba hasta aquí atrás. Yo lo veía bajar. Golpeaba esta misma puerta cada semana; era como un nene con berrinche, así de terco cuando quería algo. Sus perros lo seguían como guardaespaldas. Se pegaban al alambrado de don Lázaro y ladraban a más no poder. Querían comerse a las gallinas, que salían espantadas con un cacareo histérico. Pero doy fe que el gallo ponía el pecho; hacía rabiar a los dos perrazos de caza del doctor.

Gibrail quería que le dijéramos doctor. Se suponía que era el dueño de mucho, y un juez le había dado unos títulos de propiedad sobre nuestro pueblo; era el único que tenía título. Y era el único, también, que tenía luz.

Nos compraba los pescados; yo le vendía con don Lázaro. Salíamos juntos a primera hora. Bajábamos el monte descalzos, con el camino todavía ensombrecido; únicamente pegaba el sol en los mil árboles que nos rodeaban: arriba, sobre las copas.

Sendero en la selva

En la playa empujábamos la canoa y entrábamos al mar cuando las olas lo permitían. Remábamos a la par; siempre fuimos compadres. Pasábamos largas horas pescando con nuestro pueblo a la distancia. Jugábamos a reconocer las chozas desperdigadas por la montaña, entre el verde tupido y la arena blanca enmarcándolo todo.

Pueblo de pescadores: vista panorámica

Volvíamos cuando el sol quemaba. Los cuervos de la playa nos esperaban para picotear cualquier sobra. Unos hombres del pueblo -empleados de Gibrail- nos pesaban la pesca y la mandaban para la fábrica de hielo que se había hecho construir: le funcionaba con un generador; allí almacenaba toneladas de peces, los nuestros y los de todos los pescadores.

Gibrail lo pensaba todo: se había hecho traer hombres y maquinaria para abrir el monte y construirse una carretera privada que lo dejaba más cerca de la ciudad. Con una tranquera nos prohibía el paso. Los camiones entraban y salían con el pescado.

Hasta su llegada, subíamos el monte por el oeste con el saco de peces a cuestas; lo bajábamos despacio, en pendiente pronunciada. No nos hacía falta machetear el sendero porque nuestras pisadas bastaban para dejar el suelo pelado. Al otro lado, entre barro y mosquitos, desamarrábamos la canoa de río; demorábamos tres días en ir y volver de la ciudad. Traíamos azúcar, sal, arroz, y los zapatos para la iglesia cuando se estropeaban los viejos. Pero desde que Gibrail puso el ojo en el pescado no nos hizo falta atravesar el monte, y el acceso se fue tapando con la maleza que siempre crece.

A mí me convenció don Lázaro de venderle a Gibrail; tanto esfuerzo le parecía innecesario, si al final ganábamos lo mismo con él o en el mercado del puerto. Le di la razón, aunque ya estaba acostumbrado al viaje y ni sentía los mosquitos: su zumbido era como parte del viento.

El problema era que a Gibrail no le alcanzaba con hacer funcionar su industria ni con vivir en paz en un pueblo que dotó Dios de abundancia: el nuestro. Él quería todo.

Pueblo de pescadores

Gran parte del monte le pertenecía y cada vez nos cercaba más. Su intención era llegar hasta la playa. Decía que todas estas tierras eran suyas por ley y que nos compraba las casas en vez de echarnos porque era hombre bueno. Se presentaba a cada vecino con los billetes en mano –tampoco tanto, comprendo recién ahora- y muchos vendían como si fuera una oportunidad; vendían y se iban, o Gibrail los mandaba a trabajar para él en San Pablo, donde tenía una fábrica de hierro, o les entregaba una tierra apartada y perdida en la montaña.

Don Lázaro no quería saber nada con desprenderse de su casa; le arruinaba los planes de agrandar su hacienda. Gibrail una noche bajó solo y le abrió el alambrado: un círculo hecho adrede, a la altura del piso. Al otro día volvió a aparecerse con sus perros, y mientras él, como siempre, golpeaba la puerta con la intención de comprar, sus perros encontraron la abertura, pasaron, y en dos zarpazos de dientes asesinaron al gallo. Muchas gallinas también murieron; sus gritos sólo sirvieron para quedarse en mi memoria. El corral de tierra se convirtió en un cuadrado de plumas, cadáveres y sangre. La mujer de don Lázaro, callada, tan eficaz, limpió todo sin sacar un lamento. Gibrail se disculpó y esperó a que la señora terminara; pero no había corazón en sus palabras.

Para mi vecino fue un golpe duro porque era un gallo con nombre. Ante la falta de pruebas no se atrevió a injuriar contra Gibrail; pero todos bien sabíamos que era el único capaz de atacar por la espalda.

Eso pasó, y yo seguí con mi vecino pescando cada mañana. Ahora era yo el encargado de entregar y cobrar. Una de esas mañanas le conté que Gibrail me había ofrecido un dinero; pensaba venderle para no tener que sufrir. Fue don Lázaro quien me hizo entender que con eso no compraría una casa en ningún lado. Me habló de nuestros padres, nuestros abuelos, y un linaje infinito nacido en este pueblo. Me propuso matarle los perros; que Gibrail aprendiera a respetarnos. Don Lázaro, en lo que era convencer, si hasta se parecía a Gibrail: si no estabas con él, te mareaba con tanta palabra que no dejaba opción. Acepté porque era causa justa, aunque después ya me estaba arrepintiendo.

Salimos en noche sin luna. Llevamos una linterna grande y pesada, que no la usamos por miedo a ser descubiertos. Caminamos a tientas: reconocíamos los árboles y los sonidos de la noche; el sendero de arena por el que íbamos tropezaba con la cerca de Gibrail. No la abrimos: la trepamos. Cuando un sonido de patas se aproximó, nos quedamos quietos y contuvimos el aire. Era un caballo, que siguió camino sin prestarnos atención. Los perros no ladraron: teníamos la certeza de que estaban adentro, en el cuarto, con Gibrail.

Pisábamos hojas y algunas ramas crujían, pero nuestros ruidos se disimulaban con los del ganado. Con don Lázaro nos entendíamos sin palabras: sabíamos que habría que cruzar el arroyo que atravesaba la hacienda y que tarde o temprano saldrían los perros; entonces dispararíamos y escaparíamos. Yo en mis adentros era una contradicción; sentía que había empeñado mi palabra, y que cumplirla era un tema de honor.

Río de piedras

El arroyo antiguamente pasaba más arriba: si uno sube y se mete entre los árboles va a encontrar un manglar repleto de raíces enrevesadas y casi muertas; antes el arroyo pasaba por allí. Pero Gibrail decía que lo necesitaba para el ganado y por eso se lo hizo traer. Lo desplazó a fuerza de máquinas y un surco hondo para el canal. Nosotros fuimos siempre medio brutos, como se dice, pero no brutos de no entender, sino de no saber: para nosotros la naturaleza era como la casa, nuestra casa; aprovechábamos las frutas y la tierra rica en gusanos para plantar poroto negro y mandioca. No concebíamos la idea de cambiarla, de moldearla como arena con tal de satisfacer las fantasías del hombre. Para nosotros la vida era simple y sin dinero, era mucho de cuerpo y poco de cabeza; pero Gibrail decía que sin cabeza no había futuro, y que sin planificación no había progreso.

Atravesamos el arroyo pisando sobre rocas que nos sirvieron de puente; quedamos a metros de su construcción: una hacienda aristocrática, sólida e imponente. Con don Lázaro ya habíamos cazado juntos en el monte: chanchos salvajes y culebras venenosas; pero nunca habíamos matado un perro. Yo me insistía con que estos dos, aunque no eran su dueño, se habían contagiado de desprecio y no tenía sentido que anduvieran libres y ahuyentaran a nuestros hijos y nuestros animales.

La ansiedad me carcomía. Intentaba contenerla con los músculos rígidos y pasos cautelosos. Al fin llegaron los ladridos, que esperaba como a una sombra imposible en medio del océano. Don Lázaro se me adelantó y me protegió con su cuerpo. Esperó a que estuvieran cerca para disparar. Disparó; pero de repente lo vi caer y escuché al mismo tiempo un aullido de dolor. Cuando volvieron a dispararnos, desperté de mi inconsciencia. Corrí por mi vida. Escapé.

Gibrail mató a mi vecino. Lo mató y abandonó el pueblo. Yo imaginé toda clase de desgracias, pero Gibrail no volvió. El miedo, tal vez por primera vez, lo venció. Yo quedé con el alma estropeada: me sentía tan culpable como el otro. ¿Por qué había participado de lo que sabía que terminaría mal? Este reproche sigue astillándome; aunque ahora que lo cuento algo en mí se alivia. No quería ofender a mi amigo. No sabía decir que no, y por consentirlo terminé perjudicándolo.

Incentivé a los hombres a derrumbar la fábrica de hielo: yo, que nunca encabezaba nada, como si así alejara al dolor. Después liberamos el ganado; nos sentimos dueños otra vez de nuestro destino. Pensábamos que sin Gibrail se acababan los problemas; hasta que alguien dijo que estos montes eran del Estado; se los llamó Reserva y se decretó la expropiación. Nos prohibieron tener quintal porque la prioridad, decían, era que la naturaleza creciera libre. Nos impusieron trabas para construir y vedas para pescar.

Aquí sigue siendo lo de don Lázaro. Al menos para mí. Sigo bajando el monte cuando todavía hay sombra. Veo la luz sobre las copas de los árboles como una esperanza; mis huesos viejos se animan con la brisa fresca de la mañana; pero las casas hasta la playa ahora son de desconocidos; los extranjeros vienen y yo me aparto. Mi pescado ya no es para el puerto ni para Gibrail: ahora pertenece a los restaurantes que ocuparon la arena y me regatean migajas.

 

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