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Los frutos del amor. Naturaleza y un destino de vida en Sorata, Bolivia

Zona rural de sorata, Bolivia

Relatos de Viaje

Los frutos del amor. Naturaleza y un destino de vida en Sorata, Bolivia

Improvisamos un sendero de descenso por la montaña. Al otro lado del río, muy lejos de nosotros, vimos un espacio de césped muy verde y prolijo, una casa grande y muchos árboles alrededor.

_ ¡Qué bueno! Vayamos para allá -propuso Alan.

Seguimos bajando, saltamos una tranca y atravesamos el río por un puente de madera. Llegamos: pasto como de cancha de golf, corral para gallinas, una vaca suelta, un par de llamas, perros que nos dieron la bienvenida, árboles altos y majestuosos, plantas con todo tipo de frutos, varias cabañas, un taller de herramientas, y en el centro, la gran casa, con salida a un balcón que mira a todo el valle y hace las veces de restaurante.

Nos cruzamos con un hombre de pelo largo, gafas y barba. Vestía un jean gastado y sombrero de campo.

_ ¿Usted trabaja aquí? -preguntamos admirados por el lugar: todo en su justa ubicación y armonía; los más bellos elementos de la naturaleza combinados y al manifiesto, para deslumbrarnos junto al toque humano de organización y prolijidad.

_ Soy el propietario -nos dijo con voz amena y segura.

_ ¡Tiene un lugar hermosísimo, felicidades!

_ Gracias. Lo construí con mis propias manos. Compré el terreno hace veintisiete años, y primero con mi mujer, ahora también con mis hijos, lo fuimos convirtiendo en lo que es hoy.

_ Le gusta el campo…

_ Siempre me gustó, aunque nací y crecí en ciudad. Lo mismo mi mujer. Cuando llegó mi momento, me vine. No sabía nada de cultivos ni de granja. Todo lo fui aprendiendo con paciencia. Las semillas de mi esfuerzo y amor dieron sus frutos, igual que las semillas de mis plantas dan los suyos.

Mientras hablaba, sus ojos me hacían acordar al hombre de “Un taller” en Purmamarca: me daban tranquilidad, me transmitían bondad. Ojos brillosos, que no atemorizan sino que abrazan.

_ El sitio lo usamos como hostal -nos dijo. El hostal Altai Oasis-. Los huéspedes duermen en las cabañas. También tenemos el espacio de abajo como camping.

_ Quisiéramos quedarnos –me entusiasmé-. Es un lugar precioso y nos encantaría tener más tiempo para hablar con usted; pero no podemos pagar tanto por acampar.

Se quedó pensando.

_ Les propongo un trato -dijo al fin-. Ustedes trabajan media jornada conmigo y a cambio no pagan hospedaje.
Miré a los chicos, comprendí su respuesta.

_ Trato hecho -contesté mientras le estrechaba la mano.

_ ¡Bienvenidos entonces! Yo soy Johny.

Instalamos las carpas. Esa noche llovió sin parar y el agua pudo más que nuestro refugio: terminamos empapados. A la mañana siguiente nos asignaron el primer trabajo. Yo me coloqué unos guantes de labranza, tomé una tijera de podar y me dediqué a cortar y quitar unas botellas de plástico que cubrían las plantas perimetrales del terreno y servían para evitar que las hormigas las comieran.

_ Las botellas las juntamos y las reciclamos -me explicó Johny-. Nos hacemos unas monedas y mantenemos limpio el medio ambiente.
Nano y Alan, en tanto, debían hacer pozos para ubicar plantas de palta.

¬_ ¿Cómo llegamos hasta el lugar? –preguntaron.

_Ya les señalé dónde era –contestó Johny, siempre amable-. No les puedo decir todo: ¡hagan su camino!

A media mañana, él y su mujer, Roxana, nos hicieron sentar a la mesa y nos trajeron pan, manteca y mermelada casera.

_ El trabajo nunca tiene que resultar estresante -coincidieron-. Hay que hacerlo tranquilo, sin apuro.

_ Podemos seguir, no hay problema.

_ ¡No se agiten, chicos! Disfruten la comida. -Y como habíamos contado de pasada que nos habíamos mojado por la noche, él agregó-: Desde hoy duermen en una cabaña.

Esa tarde colocamos las paltas en los agujeros.

_ Jamás planté por negocio -apostilló Roxana, al tiempo que quitaba el envoltorio de una planta como si se tratara de un hijo-. Lo hago por amor al arte.

_ ¿Tienen buenas cosechas?

_ No sabría explicarlo, pero todo lo que planto, crece.

Porque disfruta el proceso sin apego al resultado, pensé yo.

_ Ya nadie come frutos naturales –se lamentó Johny-. Ahora los campos producen frutas transgénicas: todas del mismo tamaño, el mismo color, el mismo sabor. A las gallinas se las enceguece para que no distingan entre el día y la noche y así coman y engorden más. Se manipulan los alimentos genéticamente, y esto lleva la lógica del sistema: no se puede plantar semillas en la casa; son semillas estériles, no reproducen, lo que favorece el negocio de las empresas.

El proyecto de trabajo que empezamos ayer y seguirá los siguientes días consiste en mejorar el camino de acceso al hostal, por el que habíamos venido la primera vez. Pala, machete y picota en mano, nos abocamos a la tarea. Quitamos la maleza que confundía el sendero, movimos a un lado los excesos de piedra del suelo, generamos escalones -mañana pondremos tablones de madera para estabilizarlos- y aliviamos pendientes para facilitar la caminata.
Nos agrada ayudar a una familia tan buena, que nos brinda cariño y se ocupa de que estemos bien. Mientras Roxana nos invitaba con limonada fresca, nos habló de lo que fue construir esto:

_ Todo era selva. Costó mucho limpiar el terreno. Esta casa la hicimos sin ayuda: pusimos zapatas de madera aferradas por troncos para sostener la estructura; columnas; vigas.

_ ¿Sabían algo de construcción?

_ No teníamos los conocimientos teóricos, mas en la vida hay que ser buen ladrón con los ojos. -Calló un segundo-. Cuando se quiere tanto algo, las cosas salen. El amor profundo por lo que haces alcanza.

_ ¿Qué sienten ahora, al ver todo terminado?

_ Satisfacción personal y agradecimiento a la vida -contestó Johny-. Mientras en la ciudad se lucha contra la vida, lo que provoca tensión y desesperación, yo confío en ella: me relajo y dejo que fluya. Con Roxana conocemos la ciudad, estuvimos allí. Lo tuvimos todo y a la vez no tuvimos nada. Trabajaba todo el día para volver a casa mientras mis hijos dormían. No disfrutaba lo que tenía. No hay que preocuparse tanto por logros materiales, por afanes que no tardan en desaparecer. Aquí puedo pasar las veinticuatro horas con mis hijos. Ése es el regalo más preciado para un padre… Estamos de paso en la vida, el objetivo tiene que ser cultivar el espíritu, nuestro Ser interior.

_ ¿Te gustaría que tus hijos sigan lo que ustedes formaron?

_ Sólo deseo que sean felices. Esta casa, este campo, fueron mi sueño y el de mi mujer, no el de mis hijos. Que ellos tengan sus propios sueños y la valentía de andar su propio camino.

Sus ojos tiernos y voz paternal nos relajaban. Siguieron unos segundos de silencio colmados de éxtasis.

_ Vayan a comer duraznitos. Aprovechen que abundan -nos dijo sonriendo.

Fue su forma de decir: “Basta por hoy. Descansen y piensen en lo que les dije”.

Capítulo de Enlazador de Mundos I
(2009)

 

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