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La Tertulia: encuentros invernales en Valizas, Uruguay

Casa de madera en Valizas, Uruguay

Relatos de Viaje

La Tertulia: encuentros invernales en Valizas, Uruguay

La Tertulia: encuentros invernales en Valizas, Uruguay

Caminé las dunas de Uruguay, entre Valizas y Cabo Polonio, buscando un escondite para dormir. Por las noches me despertaba el sonido del viento golpeando contra la carpa. La sensación era como si me acorralara; con la mano debía contener la tela que se me venía encima. Tarde o temprano salía, incapaz de seguir durmiendo. Veía el movimiento de la arena y de las nubes, la espuma del mar bullendo a la distancia y una inmensidad de dunas que me hacían sentir un poroto. Tenía miedo. Algo en mí se encapricha; elijo estos refugios como una especie de retiro obligado.

Me juntaba a tomar mate o vino en la casita de Ayo, una francesa de Valizas, junto a la profe y Miguel el albañil. Yo era por una década el menor. Cada uno vivía en su propia casa. Teníamos en común la soledad y la tertulia para filosofar. Las mujeres cargaban el tanque de agua activando manualmente la bomba; juntaban leña y encendían la chimenea. Tareas a la antigua, pero sin hombre al mando. Ayo era contundente en este aspecto:

-Las mujeres latinoamericanas tienen todavía un largo camino hasta liberarse de los hombres. ¡No hablo de dejarlos, no! Digo independencia, libertad, estando o no en pareja. Acá ves mucha sumisión, hasta para hablar tiene que pedir permiso la mujer.

-Por eso tenemos que trabajar –acotó la profe, uruguaya, que daba clases en una escuelita rural a cuarenta minutos por un camino de arena-. Si ganás tu sueldo no pueden extorsionarte.

-Sí… pero igual, igual –arremetía la francesa con la fuerza del feminismo europeo-. Las mujeres de acá, y no digo sólo de Uruguay…, es como si con tal de tener marido estén dispuestas a cualquier cosa. ¡Eso que los tipos dejan mucho que desear…! No sé. Tienen miedo de seguir solas. ¡Pero estarían tanto mejor!

Creo que hablaba sin terminar las frases, sentencias incompletas con el poder del énfasis.

-Es algo cultural –opinó Miguel-. Históricamente dependieron del hombre y siguen siendo educadas para casarse y conservar la familia.

Usaba ropa obrera y una barba gris descuidada. Elegía el trabajo de albañil para conservar el estado físico y no comprometer su mente: podía disponer de ella durante la construcción de las cabañitas que le encargaban.

Miguel cuidaba sus horas como un rico el dinero: trabajaba al mínimo y vivía con poco gasto, con tal de obtener tiempo libre. Lo llenaba con libros. Me daba la sensación de que le tenía miedo a la gente y la biblioteca del pueblo era su mejor resguardo; pero para él era el modo en que hacía valer su existencia, o al menos, decía, mantener a raya la ansiedad: esa sospecha universal de que algo está faltando.

Aquel día, cuando nos despedíamos, me confesó:

-Yo blablá contra el machismo, pero bien que a la hora de tener pareja me comporto como tremendo pelotudo. Hago cada demanda a la pobre mujer…

Rió, diciendo que a su edad había manías pegoteadas en el cuerpo que no las quitaba ni el aguarrás.

Capítulo de Enlazador de Mundos II

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