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La que no sabía ser

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La que no sabía ser

La que no sabía ser

Me avisó como si nada que a la tarde cursaría su último examen de Bioquímica y que esa noche vendrían todas sus amigas de Derecho,  la otra carrera que estudiaba. Vivíamos en Quilmes; yo trabajaba con reiki (por entonces nadie hacía reiki), y muy pocos tenían la constancia de Flavia para ir casi a diario a Capital a cursar las materias de la Facultad. Ella en eso era un ejemplo, a pesar de sus ausencias.

Hoy me acordaba de esta historia, cuando escuché a alguien en la parada del colectivo decir que estaba en viaje, a dos minutos. A mí a veces me pasa pero siempre meto la pata: quiero que el otro no se enoje, digo cualquier cosa para tranquilizarlo y al final la mentira termina molestando. Aunque no se den cuenta. Complico y me complico por vueltera. Tengo un límite, eso sí; lo de Flavia, en cambio…

Vivíamos en una casa –un ph, como se los conoce: un espacio chiquito y antiguo, con patio en el medio por el que accedíamos a la cocina. Flavia se la pasaba estudiando y yendo a cursar, pero también se distraía a cada rato. La distraía que yo no hubiera hecho ninguna carrera, que invitara jipis a casa o que no tuviera horarios fijos. Pero le gustaba. Sobre todo se distraía porque nunca tuvo verdadero interés por Bioquímica o Derecho. Tenía quince años más que sus compañeras y cada materia le llevaba un cuatrimestre.

La casa en Quilmes de la estudiante de Bioquímica

Flavia era naturalmente aire, nubes, delirio, fantasía. Tenía potencial de pintora, también de restauradora, por lo que demostraba con los muebles podridos que traía de la calle y dejaba como nuevos.

Hoy es abogada. Vi una vez su nombre y el numerito de matrícula en una placa o en un aviso; ya no me acuerdo. Recuerdo, sí, sus ganas tremendas de ser profesional o muchos profesionales, aunque odiaba las materias y encima vivía conmigo. Yo también era medio chanta: era principiante en reiki pero me mostraba seria y capaz. Me decían que era buena, eso sí, y yo realmente creía que los ayudaba, de lo contrario no hubiera hecho después, cuando me separé de Flavia, los cinco años de medicina china.

Su gran problema era su necesidad de encajar en el modelo de vida que consideraba correcto, que no era otra cosa que lo que pretendía de ella su mamá. Por eso la acomplejaba tanto ser quince años mayor que las demás: se sentía fracasada y me decía que a esa altura de su vida tendría que estar haciendo esto o aquello. Yo en el fondo pensaba que sí, que los tiempos para rendir y desempañarse eran tales; pero éramos tan jóvenes…

No lo sabía, claro. Me creía muy adulta: por eso me hacía la experimentada y los hacía acostarse y les pasaba la energía de mis manos como LA cura.

Esa noche fue una fiesta a todo trapo; la recuerdo como un cumpleaños. Flavia invirtió todo lo que tenía de sus ahorros de promotora, que era bastante. Era linda, joven y linda. Esa noche estaba feliz, simpática y llevadora de la conversación como nadie; reía y me abrazaba sin temor de las miradas. Era amiga de todo el mundo y hacía lo que todo el mundo.

Yo la quería por fresca, y por volátil, y por la historia compartida desde la adolescencia; creía que su defecto era la exageración y no una falla de sistema que la acompañó desde siempre: como cuando vino la banda británica de la que era fan y según ella la dejaron pasar y entrar al camarín -hasta llegó a decir que se besó con uno-; pero yo sabía por su hermana que no era cierto. Para mí Flavia era Flavia, la de siempre y punto, no me replanteaba mucho más.

Ya estábamos borrachas cuando propuse ir al río.

Hoy no tomaría alcohol ni muerta porque al día siguiente no puedo vivir; pero cuando vivía en Quilmes estaba acostumbrada y me faltaba madurez para asumir el rumbo de vida que había elegido. Fuimos todas para la costanera; yo junté leña con un chico (el único amigo de Flavia), que después me ayudó a prender el fuego.  Festejamos, cantamos, bailamos, en una noche increíblemente sin viento, en homenaje a Flavia la bioquímica.

Se empezó a hacer de día; todas se terminaron yendo, tambaleantes, a la parada del colectivo. Con Flavia quedamos en silencio mirando el río y el horizonte, que empezaba a agarrar tonalidades de fuego. Entonces Flavia confesó.

Me contó como si nada que no se había graduado: había hecho la fiesta para que no pensaran que era una vieja chota sin título. Me acuerdo que después de la sorpresa me enojé; pero no se lo manifesté demasiado, tal vez ni siquiera se dio cuenta de lo grave que me pareció. Al día siguiente no pude saludarla. Y dos días después buscaba  lugar para mudarme.

Flavia hoy es abogada, supongo. Y el suponer es un gran decir.

 

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