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Jugar a las escondidas en un bosque oscuro

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Otro juego

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Un-dos-tre-cuatro-cinco-sei-siete-ocho-nueve-diez, toma aire un instante y sigue: onc-do-tre-cato-qui-diesei-esete-eocho-enueve-vent, y los números se distorsionan cada vez más, se convierten en un balbuceo ronco. Mariano recupera el lenguaje un minuto más tarde, cuando pronuncia la palabra que da inicio al juego: Cien.

Ahora puede salir en busca del resto; antes, por contar en voz baja, recibió el reproche: Contó mal, hizo trampa, va de nuevo. Se quita el antebrazo de los ojos, parpadea un par de veces para acostumbrarse a la oscuridad. Mira con tensión: teme que haya alguien ahí cerca o a sus espaldas, listo para picar.

   Los seis chicos ya corren, fuera de la vista de Mariano, entre las desvencijadas mesas de concreto y azulejos y los árboles altos y oscuros de Saavedra. El que va adelante y tiene la voz del grupo le dice a su seguidor más fiel: Vamos contra las rejas. El amigo acepta y festeja; pero ambos les temen a los límites del camping: cualquier ruido lo identifican con alguien del otro lado del alambrado que viene a llevárselos. Se esconden, a metros nomás de la autopista, mientras el corazón repica y la adrenalina trepa caliente. Están debajo de las parrillas, en la frontera de la que se han contado tantas historias de muertes y sangre.

   Mariano da los primeros pasos con cautela. De su boca sale vapor. Se frota la nariz contra la manga del abrigo y se quita una mucosidad casi líquida, que queda pegoteada y pasa inadvertida entre las otras manchas. Se resiste a alejarse tantos metros del muro donde contó, pero si quiere terminar con este suplicio, otra alternativa no tiene. Observa la noche. Silencio de la naturaleza: búhos, ramas al viento, sapos, y ningún indicio de sus amigos. No se está divirtiendo: no le gusta contar. Pero no puede oponerse a las reglas, están jugando en serio. Por lo menos cuando cuenta él juegan en serio.

Si contara el gordo, le dirían varias veces que se está olvidando números, que más lento, que vuelva a contar, y cuando al fin lo hiciera bien, esperarían a un lado, muy cerquita, a que terminara, y dirían Pica bien fuerte y riendo. Peor si contara Hernán. Lo dejarían solo, con sus números, y se irían muy lejos a jugar a la pelota.

   El gordo, agachado detrás de una caja, cerca del muro, mira atento y nervioso; espanta con las manos a los miles de bichos que revolotean la bola amarilla. Se escondió justo debajo de uno de los pocos y aislados postes de luz. Cuando cree que es momento, incitado hasta el límite por la necesidad de hacer pis, se incorpora y corre. Su amigo es mucho más rápido, llega antes y grita ¡Pica el gordo!

   Resuena una risotada sin cuerpo ni localización, que se interrumpe con brusquedad casi al instante.

   Mariano se adentra entre árboles que se mueven. Se arremanga el buzo, exhala cada vez más vapor, escucha ramas quebradas, y de repente, detrás suyo, pasos rápidos sobre las hojas. Hernán exclama ¡Pica!; el resto, escondido, reconoce la risa del chico que fue obligado a ir a la colonia por los padres.

   Quedan sólo cuatro. Dos están detrás de un árbol, un lugar oscuro pero seguro. Hablan en murmullos. Se cuidan de no pisar piñas ni ramas caídas. Espían, preocupados tanto por la aparición de Mariano como de una rata. Para quitarse el miedo y manipular el tiempo, uno de los dos descascara la corteza del árbol. Shhhhh, le dice el otro, más para reconfortarse con la sensación de sonido que para acallarlo. Pasan minutos largos e insoportables. Adelantan posiciones. Quieren ver y ven el muro descubierto. Se precipitan desaforados. No quisieron ver que Mariano no se había alejado demasiado: regresó antes que ellos.

   El líder y su fan discuten en voz baja, quietos junto a la parrilla. Al otro lado del alambrado los autos parecen volar, resuenan y resuenan las ruedas y los motores, y sombras solitarias pasan cerca, personas tal vez, ellos no quieren ni pensar en lo que esas sombras significan. Empiezan a hablar un poco más alto, a mover más las piernas, a levantar más cosas del suelo. El líder del grupito, entonces, grita: ¡Faal-taan doos! La tensión crece. Ahora se define quién va a ser el próximo en contar.

   Mariano camina, sin demora, en dirección a la voz. Le tiene pánico a la posibilidad de que se escabullen y griten: ¡Pica para todos los compas! Lo condenaría a ser de nuevo la víctima del juego. Se mueve atento a cada objeto que se agite o suene. Frena, inclina el cuerpo, se prepara a correr, pero descubre que fue él quien quebró la rama.

   Muy atrás quedó el muro donde contó. Las rejas están próximas. Reconoce un murmullo. Percibe una corrida corta y frenética. Quiere lanzarse a picar, pero no, no logró detectar la cara, eso sería trampa. Se saca el buzo, se lo ata con un nudo a la cintura. Tiene la remera húmeda, el viento la sacude y los pelos de su brazo quedan de punta.

   Lo invaden unas ganas invencibles de estar en su dormitorio caliente, la idea de dormir en carpa lo angustia. Reconoce una sombra en la parrilla y otra junto al banco de concreto.

   Los chicos se dan cuenta de que son observados, y los tres se precipitan hacia el muro de la salvación. Esquivan troncos, comparan distancias. Uno suspira Pica entre jadeos. Le sigue Mariano, estrella la palma de la mano contra la pared y pica al líder del grupo, que toca el muro un segundo después.

   Los demás ríen, comentan, descansan y se disponen a volver a jugar. Pero el líder se niega a contar, dice que hubo trampa, intenta cambiar las reglas, se enoja y, al no obtener consenso, le pone fin al juego.

 

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