Conectate con nosotros

Hasta que aparezca algo de lo mío

La crisis de Venezuela lo llevó a vivir en un convento

Cuentos

Hasta que aparezca algo de lo mío

Hasta que aparezca algo de lo mío

La experiencia venezolana en Argentina como consecuencia de la crisis político-económica

Un cuento de humor basado en una historia real. 

 

  Mira esa puerta verde, pana. ¿Tú sabes que el primer piso es burdel? A mí me costó creerlo, aquí en pleno Devoto, donde yo veía todo tan impecable: los niños de colegio privado; la placita con los comercios cool; las damas elegantes, deportivas, dueñas de sí, a diferencia de otros sitios donde tú ves mujeres que por la pinta nomás ya sabes que están destinadas a cuidar el hogar. 

   Al principio a mí el burdel me molestaba: los sábados me toca (me tocaba) salir del restaurante a la madrugada; hacía a pie este mismo recorrido que ahora hago contigo. Más de una vez se abría la puerta y yo veía salir al chamo. En la escalera quedaban sonando los tacos; ¿tú sabes que son niñas como de mi edad? Mira que seré negro bruto: en mi cabeza las juzgaba por putas o me daban lástima; ¡pero quién dice que las obligaron a nada!; tal vez eligieron el trabajo por conveniencia. Y yo que me formé para psicólogo ni pensaba en los hombres que salían. ¡Cuándo no señores, padres de familia!

   Estaciona aquí, junto al castillo: ¡mi casa! ¿Tú sabías que esto era un convento? Pana, yo te voy a explicar por qué me mudo. Me crié con cinco mujeres; yo era el único hombre porque el hijueputa de mi padre se esfumó cuando nací. Estas mujeres que te digo se hacen las fuertes prendiendo inciensos y ahuyentando espíritus; son cinco cotorras supersticiosas. Entonces imagínate mi sorpresa cuando la señora Alicia me mandó a vivir a este lugar.

   Tú sabes que yo me vine para Argentina porque allá las cosas son hambre, y gente que mata para comer o para quitarte la plata que llevas en el bolsillo. Vine aquí como podría haber ido a cualquier otro lugar, y no es para ofender: yo necesitaba huir, hacer mi vida, ¿me entiendes? Y aquí es que tenía la ciudadanía fácil, por eso me animé a llegar solo y rápido conseguí el trabajo con la señora Alicia. No sé si la has visto ahorita en el restaurante: ella es toda arregladita, y seria, y acelerada: cada vez que te pasa por al lado como que quieres enderezar el cuerpo y decirle sí señora Alicia.

   Contrata puro venezolano, a tal punto que el restaurante parece caraqueño. Mano de obra barata, tú me entiendes: no quiere saber nada con los meceros de oficio, esos viejos de traje y memoria de elefante que exigen sueldos que te lo hacen pensar. Nosotros somos todos profesionales: si te das una vuelta por la cocina te vas a conseguir arquitecto, diseñadores, ingenieros, psicólogos… Eso sí: de mozos ni un pelo. Yo aunque soy de los andes y ellos de Caracas, me entiendo a la primera porque compartimos el código, ¿me entiendes?

   No creas que discrimino a los argentinos; lo que digo es que hay maneras de decir, de pedir, de entender lo que le pasa al otro, y sobre todo de no sufrir malentendidos. Yo con un pana me entiendo; aquí estoy recién llegado, aunque todo avanza rápido, muy rápido: tanta vaina me ha sucedido que me resultan años, y es apenas cuánto, ¿dos meses? Acepté estar aquí porque la señora Alicia tiene mucha propiedad y nos coloca a dedo. Yo lo que ahorro se lo mando a mi madre.

   Sígueme, ven, mira esos vidrios esmerilados, ¡mira qué cúpula! A  mí me tuvieron que decir que esto era un convento porque ni con esa cruz clavada me di cuenta, es que no quería creer; prefería pensar que era una casona bien aristocrática, o un castillo, ¿ves? Mi madre no me lo permitiría: ella es morena de sangre indígena, anda con vainas que para qué contarte; el asunto es que ella de saberlo me mandaría de vuelta: la casa o la calle antes que el convento. Mi familia en eso se distingue, peculiar como pocas: tiene de católica lo que yo de mozo.

   No es que me importe demasiado, pero tampoco para hacer de ésta mi casa. Imagínate cuando descubrí que este lugar tenía sótanos. Aquí mismo, ¿escuchas la madera como hueca? Ese crujir, ¿oyes?, como de película de terror.  Sígueme: puedes iluminar con tu celular, tres escalones más y ya llegas. Marico: ¡mira esto! Parece un horno de fundición. Yo digo que allí cremaban a las monjas. Y todavía hay un segundo subsuelo; por eso por las noches yo escuchaba chirridos: leves pero prolongados, como aullidos. Aquí en el sótano hace más frío, ¿verdad? Mejor subamos, sí.

   Yo estoy agradecido con la señora Alicia, no me tome por petulante. Valoro que me haya dado trabajo y casa. El asunto es que de noche, aquí… todo tan amplio, los techos tan lejos, y sin muebles, apenas esta cama y el escritorio… En cambio el restaurante es bien elegante, tú  lo viste hoy, con las paredes de vidrio, la calefacción central y el piso de madera pulidito, sin una imperfección. Va gente de mucha plata; van mujeres solas. Llegan para desayunar o a tomar la merienda. Siempre me han tratado muy amablemente y yo les agradezco; la señora Alicia ha sido muy gentil y yo le agradezco. Pero tú sabes que me formé para otra cosa. ¿Qué sentido tiene ver a este moreno con el delantalcito puesto y la bandeja en la mano grandotota cuando me vine aquí para un futuro, para seguir mi profesión?

   Por eso te digo que todo esto es temporal, para matar el tigre. Changas, como aquí dicen, hasta que salga algo de lo mío. Yo ahí lo dejo todo, ¡estás claro!

   Las señoras del restaurante no estaban acostumbradas a ver gente morena, me llamaban por cualquier cosa y me hacían cruzarme de sector. Quedaban contentas con el servicio; algunas me pedían la tarjeta del lugar y mi teléfono abajo para ayudarlas con la reserva. Yo negro bruto, huevón, no soy; sabía que me estaban tirando los perros: mujeres casadas y todo. Perdón que me sonría, es que en mi tierra mi suerte era otra y tenía que lanzarme una labia toda la noche si quería cuadrarme una coñita. Aquí son señoras, es verdad, pero a caballo regalado no se le mira colmillo. Así pensaba yo, y cuando una de estas mujeres me llamó, acepté la invitación.

   Te juro por mi madre que soy hombre de principios y no me aprovecho de nadie. Pero ya decía yo que uno cuando sale de su país sufre malentendidos; allí en Venezuela somos claros, bien directos para decir las cosas; aquí como que se están cuidando más. Yo fui a divertirme, a pasar el rato con una señora que me sacó de paseo. Ni imaginaba que me quisiera recompensar: para mí el hotel era parte del plan; no un extra. Pero cuando me mostró el celular, y dizque su marido se lo había comprado pero ella no lo entendía y no le servía, yo lo acepté. Lo acepté como un niño puede aceptar un caramelo ya peladito, listo para comer. A la siguiente vez se apareció con una pinta para mí… ¡Una ropa, mi pana…!

   Prefiero a las divorciadas, porque ya te digo que soy un hombre de principios. Diosito me recompensó: ¡ya vas a ver el apartamento que me conseguí! Ayúdame con estas maletas, mejor, que están más livianitas. Dices que todo esto entra en el carro, ¿verdad?

A la señora Alicia le agradecí mucho, no creas… Pero las otras señoras me ofrecen más, ¿me entiendes?, y al final, ¿qué diferencia hay? Después de todo el restaurante tampoco es lo mío.

 

CUENTO ANTERIOR                                            CUENTO SIGUIENTE

Continuar leyendo

Más Cuentos

  • La mano de un anciano La mano de un anciano

    Cuentos

    Café de Estación

    Por

    A Claudio lo conocí a la salida de un boliche; la oscuridad se teñía de amanecer...

  • Monoblocks de Soldati Monoblocks de Soldati

    Cuentos

    Cerebro de Oro

    Por

       Todavía quedan dudas sobre la inocencia de mi hermano, el policía Gutiérrez. Fue el primer...

  • Faro tradicional, entre bosque, rocas y mar Faro tradicional, entre bosque, rocas y mar

    Cuentos

    El faro

    Por

    Gómez le prepara un Fernet a Urrutia. El sonido del handy los interrumpe. -Gómez, ¿Urrutia está...

  • Mesa de luz por la mañana Mesa de luz por la mañana

    Cuentos

    Mañanas

    Por

       La alarma suena a las 7.57, un pitido horrible que hace tiempo quiere cambiar por...

  • La bandera argentina en la escuela La bandera argentina en la escuela

    Cuentos

    Crónica Primaria

    Por

    Lucas llegó descalzo a la escuela, descalzo el día del acto, a dos horas de que...

  • Jugar a las escondidas en un bosque oscuro Jugar a las escondidas en un bosque oscuro

    Cuentos

    Otro juego

    Por

    Un-dos-tre-cuatro-cinco-sei-siete-ocho-nueve-diez, toma aire un instante y sigue: onc-do-tre-cato-qui-diesei-esete-eocho-enueve-vent, y los números se distorsionan cada vez más,...

  • Pueblo de pescadores: vista panorámica Pueblo de pescadores: vista panorámica

    Cuentos

    Los tiempos del paraíso

    Por

        Esta Casa de Turismo era la casa de don Lázaro. Gibrail la quería antes...

Facebook

Populares

Subir