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Encuentro de tribus en Sao Jorge, Brasil

Horno de barro en encuentro de comunidades indígenas de Brasil organizado por la FUNAI

Relatos de Viaje

Encuentro de tribus en Sao Jorge, Brasil

Encuentro de tribus en Sao Jorge, Brasil

Fuimos hacia una tierra en manos de la FUNAI (el instituto nacional que regula la cuestión indígena), donde estaban llegando comunidades originarias de distintos estados de Brasil. Tenían asignados espacios diferenciados donde montaban las carpas e improvisaban cocinas. En unos días sería la apertura: los visitantes occidentales tendrían contacto con ellos y con algunas construcciones tradicionales que deberían realizarse en esos días previos.

La FUNAI dejó un espacio, pago, para quienes quisiesen acompañar y dormir una semana en el lugar. Ofrecí el intercambio de un horno por la estadía. Agradecieron la coincidencia; me contaron  –mientras yo ocultaba mi sorpresa y felicidad- que estaban justamente resolviendo ese asunto: habían contratado a una cocinera para enseñar recetas “de tradición compartida”. Se ocuparían de conseguirme el barril para el horno.

Imaginaba comunidades occidentalizadas y un turismo arrasador. La realidad (al menos la que vi) fue otra. Más allá de las pinturas -porque podrían haberse pintado para el encuentro-, las mujeres y los más chicos no hablaban portugués. Las mujeres tenían cortes de pelo muy particulares, como las que se rapaban el centro de la cabeza, de la frente a la nuca. Los que venían del calor se enfrentaban a las noches frescas de San Jorge con el torso y las piernas desnudos. Una noche me desperté por los ruidos: en el patio central, dando vueltas alrededor del fuego, una comunidad bailaba con pisadas fuertes sobre la tierra y sonidos que tal vez fueran palabras.

-Es más que una expresión –nos dijo uno de los organizadores, responsable del área en la que habitaba esa comunidad-. La danza para ellos es un contacto espiritual. Sobre ella forman su identidad.

Los siguientes días pregunté a unos y otros qué vínculo tenían con la cultura occidental. El vínculo eran la FUNAI y los pueblos blancos vecinos. Pero recorriendo los campamentos veía descuido y eran varios los que intentaban hacer dinero rápido.

-Entre nosotros hay dos blancos –dijo uno-: el médico y el maestro. Los accesos son difíciles. Si queremos intercambiar o vender lo que tenemos hay que remar.

Cuando aceptó que no iba a comprar su artesanía, me preguntó –tardé en entender- si el Baba era el sabio de nuestra tribu. El pobre debía confundirse viendo nuestras rondas, cantos y comida comunitaria.

Hubo una gran fogata de apertura y yo fui el encargado de disponer los leños para la quema. Había armado una estructura alta que pasó a manos de un cacique. La madera no prendía. Me puse nervioso. Lo veía gastar fósforos y aserrín, hasta que una ráfaga de viento avivó el fuego. La llama, por fin, se elevó más allá de los troncos.

El cacique, más tarde, más tranquilo, me contó en español que pertenece a una tribu próxima a Venezuela. Me presentó con el sabio, un viejito pacífico atravesado de arrugas, que era como un reflejo de mi imaginario indígena. Se enojó porque le hice muchas preguntas. Al otro día me disculpé. Me miró a los ojos como midiéndome el alma. Después dijo, simplemente:

-Por más que responda todas tus preguntas, nunca voy a ser eso que piensas.

Lo vi orar y soplar un polvo sobre el oído dolorido de alguien. El cacique, en un apartado del río, me aplicó rapé para descongestionar las fosas nasales y el cerebro. No entendí la parte de cerrar la garganta; cuando me calzó el tubito en la nariz y sopló, tragué ceniza y me descompuse.

-Tenés la cabeza muy cargada –comentó al pasar.

Con temor, pregunté:

-¿Vos pensás menos?

Se señaló el corazón:

-Pienso primero por acá.

Yo en el fondo dudaba:

-¿Es de verdad posible?

Se tomó un tiempo. Contestó con los ojos mirando las corrientes del río.

-El problema de los blancos es que perdieron la sensibilidad y se piensan que lo que no ven no está.

Reunió una mañana a todas las comunidades. Habló de su comunidad como de un lugar en riesgo. Decía que la FUNAI más que ayudar los perjudicaba. Exhortó a la unión, necesaria para poder tener voz propia frente al Estado. Yo estaba terminando el horno. Entre idas y vueltas escuchaba. Compañeros de “tribu” me habían ayudado a juntar las piedras del río, la tierra de hormigueros y la arena. Ponía un empeño excesivo, deseoso de hacerlo bien. Como el Ruso, no dejaba que nadie más que yo ubicara las piedras. Wash percibió mi tensión.

– Mirá cómo te lo tomás… Ni que fuera un trabajo.

Lo miré apenado.

-Te asusta demasiado quedar mal. Calma, amigo.

Tenía razón.

 Vi a lo lejos las construcciones de los indígenas. Cada columna la había levantado una persona distinta, en simultáneo. Entre todos habían optimizado tiempo y energía. Ubiqué al cacique para quitarme una gran duda:

-¿En su comunidad hay ego?

Me miró. Demoró la respuesta, que fue una pregunta:

-¿Puede no haber?

Pero enseguida concluyó:

-Hay ego colectivo.

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