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Las misiones jesuíticas y el padre Ramón: otra forma de ver a Dios

Misiones jesuíticas en Bolivia
La foto que nos tomó el Padre Ramón desde su ventana.

Relatos de Viaje

Las misiones jesuíticas y el padre Ramón: otra forma de ver a Dios

Ya nos acostumbramos a no respetar los planes. Después de dos meses en Bolivia, pensábamos volver para Perú y ascender hasta Iquitos; en cambio resolvimos, por la forma que tomó el camino, ir para Brasil y abordar el río Amazonas en sentido inverso. Por lo demás, íbamos a tomarnos un tren directo a Brasil; ahora nos convencieron para que nos detengamos en algunos pueblos de la Chiquitanía, que quedan de paso.

Llegamos a San Javier. La historia del lugar es muy linda y más lindo sería que fuera cierta. En esta zona, en la época de la Conquista, no hubo masacre ni exterminio como en el resto de Latinoamérica. Los españoles que llegaron eran jesuitas. Intentaron aproximarse a los indígenas; pero los nativos, alarmados por la aparición de extraños, mataron a varios. El acercamiento pacífico no cesó. Fue la música de violín la principal causante del encuentro: los indígenas fueron atraídos por ese peculiar sonido, y los misioneros les enseñaron a tocar el instrumento; también les brindaron nociones de arte, pintura y construcción. Con poco dinero, y con mucha madera a disposición, se hicieron las casas de alrededor de la plaza y se erigió la catedral, iglesia de madera, columnas torneadas y esculturas diversas talladas a mano. Una impactante obra de arte. Los indígenas la pintaron fieles a su tradición: círculos, líneas elípticas, nada de vértices y formas rectas.

Intercambiamos palabras con un hombre que va seguido a Brasil a trabajar.

_ La primera vez que fui, deseaba salir del país. Un tiempo largo dormí en la calle. Me mencionaron un comedor comunal que daba ayuda y me mandé. Ofrecían trabajos. Preguntaron si alguien sabía esculpir. Soy escultor, mentí. Empecé a trabajar con un hombre que me enseñó a tallar en madera. Aprendía rápido. Me di cuenta de que tenía habilidad. Con el tiempo la fui perfeccionando. Ahora hago figuras en arena. A eso me dedico en Brasil.

Nos mostró algunas fotos de lo que hacía. Vimos imágenes con un nivel de detalle impresionante; moldeaba la arena con una prolijidad única. Esta persona había ido tras su Leyenda Personal, me diría una de las personas del camino; el Universo lo había recompensado. Nos recomendó hacer una parada en una laguna cercana, una zona de cabañas donde podríamos acomodar las carpas. Nos advirtió que era un lugar privado y que podrían cobrarnos.

_ Vayan igual –insistió tras nuestra reticencia-. Van a ver búfalos. Si alguien les quiere cobrar, le hablan. ¡Si hasta se puede interesar por su viaje e invitarlos a comer! –dijo riéndose-. No pierdan la aventura.

Ya de noche, hicimos caso a la sugerencia. En la entrada no había nadie. Pasamos. Con linterna en mano, caminamos desorientados entre la oscuridad. No encontrábamos el sector de camping y ningún lugar nos convencía para poner las carpas. Al final, ya cansados, las tiramos en un espacio de césped, frente a una casa.

Amanecimos temprano porque adentro de la carpa el calor era agobiante. Cuando salí, un hombre de la edad de mi abuelo (más tarde supe que nació el mismo día, el mismo año) me habló desde la casa de enfrente. Sonrió, se me acercó, sacó una cámara y me tomó una foto de improviso.

_ ¡Qué tarde se despiertan! –nos dijo-. Su tonada era norteamericana a las leguas.

Pero si recién eran las ocho. Miré dónde estábamos. Tenía sueño y me sentía perdido. Las carpas estaban colocadas en un sitio estratégico: lejos del camping, junto a una gran casa y a metros de la laguna. Nano salió de la carpa.

_ ¿Cuándo llegaron?

_ A las cuatro de la mañana.

_ ¡No escuché nada! Durante años y años me despertaba, miraba por la ventana, y veía el campo abierto y la laguna. Hoy vi el campo abierto, la laguna, ¡y dos carpas frente a mi casa! –nos dijo mientras encendía un habano-. ¡Tuvieron suerte! Es muy peligroso caminar de madrugada: las serpientes venenosas salen por las noches. Si hubieran pisado una… mejor no decirles. ¡Pero no pasó nada! –añadió contento. Tenía gran humor para conversar, y tener tanto humor a aquellas horas es un mérito-. Entonces díganme: ¿quiénes son estos muchachos aventureros que me bendicen con su presencia?

Le explicamos qué hacíamos allí. Pensamos que a continuación vendría la tarifa a nuestro intrépido ingreso.

_ Les presto mi baño para que se den una ducha y se higienicen. ¡Pasen, pasen!

Entramos a un pulcro jardín. Luego de toparnos con un búfalo –toro de cuernos barrocos- que no nos valió el interés de conocer, vimos, al fondo, una pequeña y agradable capilla.

_ Soy el padre Ramón –se presentó-; y ésta es su casa.

El encuentro con el Padre Ramón en las misiones jesuíticas de Bolivia

Nos sirvió un portentoso desayuno. Nosotros todavía no entendíamos muy bien lo que pasaba.

_ Me imagino que quieren estar solos en la naturaleza. No quiero molestarlos, pero pueden quedarse aquí. Ahora tengo que salir. Vuelvo al mediodía. Quedan solos en la casa. No olviden cerrar las puertas: ¡no quiero un búfalo dentro de mi dormitorio! Y ésa es la habitación de huéspedes. Si lo desean…

No sólo no nos estaba cobrando; nos dejaba como dueños de la casa, nos daba comida, nos ofrecía cuarto, y tenía la modestia de creer que nos molestaba. ¡Nadie más agradecido que nosotros!

El padre Ramón nos atendió varios días. Nos invitó todas las comidas, jamás nos dejó sacar un solo centavo. E insistía con que el agradecido era él.

Yo no dudé en preguntarle más de una vez si estaba cómodo con nosotros, si no sentía un compromiso. Antes me daba vergüenza hacer esta clase de preguntas, o me alejaba de algunas situaciones por pensar que molestaba. Ahora comprendo que lo mejor es hablar las cosas y evitar malentendidos. También aprendí a aceptar cuando alguien desea agasajarme; sólo me cercioro de que sea un sentimiento sincero y no una mera cuestión de cortesía. Para el padre Ramón es muy importante que recibamos lo que nos da; de ahí su gratitud.

Ama saber sobre nuestro viaje. No tiene ningún prejuicio y desea que más jóvenes hagan lo mismo. Él cuando era joven recorrió gran parte de Estados Unidos en bicicleta.

_ Como tú me has dicho, Nico –me expresó con su infaltable habano entre dientes-, hay que ampliar la zona de comodidad, aventurarse en lo incierto.

Antes de empezar a comer, hizo la oración pertinente:

_ Señor, gracias por esta comida y este vino –rezó, y pasaba la mano por encima de la mesa-. Gracias a quienes nos acompañan, a nuestros amigos, nuestra familia. –Dejó de hablar, nos hizo una mirada cómplice y añadió-: ¡Qué tanto rezo, a comer!

Hablamos de religión, pero en ningún momento nos preguntó la nuestra, ni qué creencia tenemos. Ni siquiera abogó por las verdades del catolicismo.

_ Hay que tomar las palabras de Jesús. Se han dicho muchas cosas que no corresponden, y se corre el riesgo de distorsionar su mensaje. –Se detuvo, pensó las palabras antes de continuar-. La Iglesia es una institución, una organización necesaria para ordenar –dijo pausado, reflexivo-. Para conectarse con Dios, basta con abrir el corazón. Muchos rituales de hoy pertenecen a la Edad Media. La gente me pide agua bendita. Busco un poco de agua y se la doy. No hay un agua más o menos bendita: ya es sagrada de por sí. Como las flores, los árboles, el viento; Dios está en todos lados. Cada noche agradezco por vivir y por lo que recibo, pero no espero que un Ser supremo cumpla mis palabras. Nosotros somos libres y es nuestra voluntad la que impulsa nuestras acciones. No echemos culpas o lamentos a Dios.

Nunca creí que podía llegar a tener un pensamiento tan parecido a un cura. Ambos le concedemos más importancia a la vida que a la muerte. Él tiene sus creencias, yo las mías; esto no quita que los dos apreciemos la existencia sin apelar tanto a complicadas quimeras.
El padre es una persona maravillosa, un hombre a las claras feliz, que no se arrepiente de nada y que vive de su vocación. Ejerce en un sitio tan apartado porque esa clase de tranquilidad es precisamente la que disfruta.

Nos insistió varias veces para que nos quedemos más días en su casa. Debimos rechazar tal generosidad. En cambio no hubo forma de disuadirlo cuando se ofreció a llevarnos en su coche hasta el siguiente pueblo, Concepción. Hicimos la última cena juntos y visitamos la catedral del lugar, tan majestuosa como la de San Javier.

_ Esta iglesia no es para Dios –murmuró-. Es para regocijo de los hombres. No hace falta tanta ostentación. Me quedo con la humildad de mi capilla.

Dicho esto, nos abrazó y despidió. Me alejé con la sensación de que pasaría mucho tiempo hasta que volviéramos a encontrar a alguien de la talla del padre Ramón.

Capítulo de Enlazador de Mundos I
(2009)

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