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Encuentro jipi de comunidades alternativas

Relatos de Viaje

El nuevo Jipismo

El nuevo Jipismo

Maranhao era caluroso hasta el hartazgo. La gente, sin playa, parecía menos contenta. Llegué de noche al pueblo, sin la menor idea de cuál era la tierra del ENCA (Encuentro Nacional de Comunidades Alternativas). En Internet no había datos, fotos ni referencias. Acampé cerca de un río, a la buena de Dios. A la mañana siguiente caminé hasta la plaza. Había una feria. Vi a un flaco de pelo largo junto a una chica con ropa de colores. Me acerqué con la mochila a cuestas.

-¿Conocen el ENCA?

Hacia allá iban. Viajamos los tres en moto, por un camino de ripio que se internaba en el campo. El pasto lucía como paja. El sol de las diez quemaba.

-El encuentro empieza en dos días –me avisaron-. En Internet no te enteraste de nada porque está prohibido publicar la información. No dejan filmar ni sacar fotos. Es un boca a boca.

No encontré el sentido:

-¿Por qué?

-Si estás en la misma frecuencia te enterás. Si lo colgás en Internet llega gente que nada que ver.

Cuando llegamos estaban la pareja dueña de la tierra y los voluntarios habitués del ENCA. No había luz ni edificaciones a la vista. Tenían una huerta que estaba en ampliación y por todos lados una cantidad de yuyo descomunal. Dos voluntarios alisaban un sector de arena, comenzando la construcción de lo que sería cocina y lugar de reunión. Monté la carpa y me puse a ayudar. Me contaron que el plan era armar una comunidad con los que quisieran quedarse.

Fueron llegando jóvenes de distintas ciudades de Brasil, chicus de ciudad queriendo aprender la vida de campo. Son muy pocos, contados con las manos, los que permanecen. La mayoría se enriquece con la experiencia y vuelve a la city. No había muchas reglas: cada uno se despertaba cuando quería y ayudaba en lo que quería. En las comidas se pasaba un sombrero para dejar a conciencia. Prohibían comer carne y consumir alcohol o drogas químicas. La marihuana circulaba como el aire.

Había como un líder por sector: uno comandaba la construcción de la casa principal, otro la huerta, otro la cocina y el compost, otro los baños, otro la leña y así. Todo parecía demasiado; pero entre trescientos, al final, el esfuerzo era poco. Con troncos caídos y hojas de palmera construyeron el espacio de reunión.

-Así construyen los indígenas –me dijo el rasta. Me daba cuenta de que él, de alguna forma, era un líder. Su voz se imponía en los grupos, despacio pero firme. Tomando agua, descansando, mojándonos la cabeza, seguía explicando-: Cada uno se sube a una columna y en simultáneo van armando el techo. En pocos minutos lo tienen.

En el río la gente se metía desnuda. Yo me iba mimetizando con el resto. El ruso, un viejo desgarbado de pelo blanco, largo, y barba blanca, larga, construía un sauna húmedo ahí cerca y se la pasaba hablando de un lugar llamado Tierra Ronca, el paraíso escondido. Era el encargado de las construcciones con barro. Un músico de Río, cincuentón, lo acusó de haber usado cemento en otros encuentros. El Ruso le explicó que tenía pocos días y necesitaba que la mezcla secara rápido. El otro insistió, pero Ruso no le respondió más. Yo iba y volvía con baldes de tierra roja que obtenía de los hormigueros. Ayudaba al Ruso a hacer el horno. Aprendí a no meter la pala en los agujeros porque salían unas hormigas enormes que mordían de lo lindo.

Inspeccioné las distintas áreas. Como ayudante de cocina, tomé conocimiento de alimentación natural. En Sono algo me habían enseñado, en Vale do Capao había profundizado, pero la información es interminable. En ollas inmensas cocinaban para todos. Me asignaron la tediosa tarea de rallar decenas de zanahorias y remolachas.

– El germen y la cáscara del cereal son las partes más nutritivas –me dijo una tana entrada en años, jefa de cocina-. Al arroz blanco, al azúcar y a la harina refinada se los sacan para que se abichen menos y así producir más cantidad. Ganancias, ¿viste?

Se quitaba con una mano las moscas que acechaban y con la otra revolvía la olla. Estaba transpirada. Tenía pasión por la cocina y por transmitirla.

-Lo refinado es puro almidón, no alimenta. Las verduras que rallás son de una huerta de acá cerca. Comida sin transgénicos, con un sabor mucho más intenso. Las traen cuando van a buscar el aserrín.

-¿El aserrín?

-Para los baños secos. Lo consiguen en una maderera. Para ellos es basura, ¿entendés?, agradecen que lo llevemos. ¿Sabías que después del baño tenés que cubrir con aserrín, no?

En otra ocasión me señaló la canasta con frutas.

-Las frutas que viajan miles de kilómetros hasta el supermercado se recogen inmaduras y alimentan miles de veces menos que éstas, sacadas del árbol.

Su teoría era que su ex marido, un barrigón insaciable, se la pasaba morfando porque la comida chatarra no lo alimentaba; también para tapar la angustia del trabajo.

La comida era comunitaria. Antes de comer nos tomábamos de las manos formando un círculo impresionante. Cantábamos canciones. Me cuesta incluirme pero debo reconocer que de a poco las fui memorizando. Aunque el rito me resultaba ajeno, lo tomé como parte del combo. Para el resto era un momento intenso. Yo no lograba empaparme. En cambio durante el Ohm final me entregaba. La mente cedía y me quedaba vibrando el pecho. El alimento, tan próximo, a la espera, adquiría otro carácter. La pausa me evitaba comer como máquina en medio de las actividades del día.

El que quería hablaba. Por lo general eran los mismos: habitués del ENCA que vivían en la naturaleza, en distintas partes de Brasil, con la facilidad de expresión de los líderes natos. Intenté, por separado, conocerlos. Quería comprender mejor qué era todo esto. Luque no comía. Vivía de la luz, me contaron: no come, no toma, no caga, simplemente se alimenta de la energía del sol y del contacto con el agua. No lo creí. Aunque durante la semana del encuentro, aseguro, no comió ni tomó.

-El mayor gastador de energía es éste –me dijo señalándose la cabeza-. Yo tengo como un censor que me avisa cuando me estoy haciendo malasangre por algo.

No sé cómo, pero Luque tenía su pancita. Viajaba por el mundo dando conferencias sobre su modo de vida y vivía en el campo con su hermano y unos amigos. Después estaba el rasta: rastas largas; prolijas pero hasta las piernas. Quería que el próximo encuentro fuera en su tierra; formar allí una comunidad.

-Independizarse de Babilón –me dijo la última noche, durante el fuego que se encendía después de  comer-. Tener nuestro alimento, rotar las cosechas, reutilizar y reciclar lo que descartan en la ciudad. ¡Se puede!

En el espacio de reunión, ya terminado, debían elegir, por votación unánime, el próximo destino del ENCA. El rasta allí estaba. Yo los escuché un rato: cada uno defendía su propuesta; la convivencia mostraba filos. Fueron catorce horas de discusión. Me daba la sensación de que todo el grupo quería que ganara el rasta; pero en vez de apelar a la emoción obedecieron las reglas de la votación: haber asistido a al menos tres encuentros, estar cerca de una fuente de agua y lejos de las grandes ciudades. El rasta estaba cerca de la ciudad. El elegido fue un tipo severo, medio indígena medio violento, que festejó en taparrabos con un plumaje largo de los hombros a los pies.

El ruso hasta el último día habló de Tierra Ronca. Manifestaba que estaba grande y quería transmitir sus conocimientos. Yo fui directo:

-Ruso, si vos querés enseñar, yo quiero ser tu discípulo.

Me dijo que recorrería otros espacios haciendo hornos de barro. Me aceptó como su ayudante y pautamos el lugar de encuentro.

 

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