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El idioma de la risa. San Francisco de Yuruaní, Venezuela

Comunidad indígena en San Francisco, Venezuela

Relatos de Viaje

El idioma de la risa. San Francisco de Yuruaní, Venezuela

En San Francisco de Yuruaní, a los pies de la gran sabana, habita una comunidad indígena. La gente habla su propio dialecto y vive de la agricultura y la pesca. El pueblo está construido con madera y ladrillos de cemento; los techos son de hojas de palmera, las calles de tierra.

Llegamos en fecha de Eliminatorias para el Mundial de fútbol. Muchos estaban reunidos en la calle, viendo el partido, proyectado en una pared, entre Venezuela y Uruguay. Un señor, sin conocernos, nos invitó a dormir a su terreno y a compartir unos días con él y su familia.

Por pertenecer a la comunidad, no paga la tierra, la luz, el agua ni el gas: el Estado responde por estos servicios. Aún así, la familia de Jaime no usa gas: cocina según la tradición, como sus ancestros, es decir, buscando leña y prendiendo el fuego. Tampoco usan agua: se bañan en el río, que delimita la propiedad, y beben del pozo o de la lluvia; ni siquiera requieren descargar el inodoro, puesto que no tienen inodoro: usan el “baño natural”. Se alimentan de arepas -una masa a base de harina de maíz-, rellenas o simplemente con azúcar o sal, que es la comida por excelencia del venezolano. También de sus plantaciones, de sus pescas, de huevos y carne de gallinas, incluso de bichos que capturan en el bosque.

Comida típica: arepas y pescado

Arribamos en un momento de gracia: el nacimiento de una nueva criatura. Jaime nos mostró su desempeño como partero (no llamaron a ningún médico). Ahora le está haciendo curaciones en el cordón umbilical, que todavía no fue arrancado.

De a poco, vamos asimilando e incorporando sus tradiciones indígenas. Nuestro anfitrión tiene treinta hijos, de distintas mujeres; diez viven con él. Saben manejar el hacha, hacer un fuego, cocinar, lavar: tanto la nena de tres como el muchacho de catorce. Trabajan como adultos y niños al mismo tiempo. Realizan las mismas tareas que aquellos, pero relacionándose con ellas como si fueran juegos. Los de más corta edad manifiestan con soltura esta cualidad. A medida que van creciendo se van apagando, sus rostros se tornan serios y sus miradas cansadas: los ojos han perdido la inocencia.

La familia que nos recibió dentro de la comunidad indígena en San Francisco, Venezuela

Jaime y algunos de sus hijos

Los chicos son los que más me enseñan. Nos comunicamos con gestos, bailes, canciones y juegos. El denominador común: la carcajada. Es nuestro idioma, un lenguaje incomprensible para cualquier espectador curioso. No necesitamos hablar: se relacionan nuestros cuerpos. La risa, que la tenían guardada, es su sabiduría: por eso viven, y los adultos, en cambio, sobreviven.

Aprovecho para sacarlos de la madurez precoz y devolverlos a su edad. Yo tuve otra educación, fui muchísimo más sobreprotegido. Una nena de tres años hace cosas que yo a mis veintitrés aún no he aprendido. A su lado me siento un incapacitado. Voy a la escuela, observo cómo trabajan en la huerta, y pienso que debería empezar otra vez el primer grado. Pero también me doy cuenta de que mi niñez, por haber sido tratada como tal, me abrió paso a una sonrisa inextinguible.

Jaime carga con su pasado, y traslada el peso de los años a los hijos. Nació en Guyana Inglesa, en una zona de selva, cerca de la frontera. Cuando tenía once, el gobierno de Venezuela lanzó un ataque contra ellos, con el objetivo de conquistar nuevas tierras. Pero en la ofensiva no había venezolanos: pobladores de Guyana habían sido engañados, se les había prometido trabajo y dinero en el país vecino; a cambio habían recibido instrucción militar y se los había obligado a matar a su propia gente. Tíos y abuelos de Jaime fueron llevados. Conocimos al tío, una persona de carácter templado y movimientos apaciguados. Lo único que escuché decirle al respecto fue que se cree un mal hombre.

Jaime estaba en la escuela cuando empezó el bombardeo aéreo. La maestra les gritó que corrieran y salvaran sus vidas. En él aún resuena aquella voz aguda y de pánico. Buscó a sus tres hermanas; una ya había escapado con otros compañeros. Huyó con las otras, selva adentro; corrían entre cadáveres, gritos, humo, disparos y sangre.

Tres semanas se ocultaron al amparo de árboles y plantas. Comían lo que encontraban, dormían sobre hojas secas. Al final volvieron a su pueblo. Estaba devastado. Los guyaneses habían mandado refuerzos y alejado a los invasores. Sus padres habían desaparecido y no había señales de la otra hermana. Se criaron solos. La vida los educó con golpes.

Y Jaime devuelve esos golpes a sus hijos: cuando se portan mal y lo desobedecen, para que aprendan a andar solos. Los castigos le dan el beneficio de una obediencia sin quiebres. Ante sus mandatos, los chicos cumplen sin reproches y al instante. Su objetivo es inculcarles valores. Lo consigue. Pero los pequeños asimilan que la base de la enseñanza es la dureza; pierden de vista que con violencia se hace sufrir a otra persona.

No creo en una línea ética universal, pero hay un principio del que me cuesta oponerme: no hacer daño a otro.

Relato de viaje en la comunidad indígena de Venezuela

Jaime es un hombre íntegro. Se le grabaron como preceptos los consejos de su abuelo: recibir a la gente, como si formara parte de la familia, y hacer el bien. Con nosotros demuestra tal cualidad. Trabaja como guía, llevando a aventureros en expediciones por la Sabana: naturaleza de escasa vegetación, praderas anchas, mesetas en todas direcciones y agua de río, cascadas y cataratas.

_ Durante mi vida aprendí primeros auxilios. Soy experto en masajes descontracturantes. Domo culebras. También -nos empezó a describir.

_ ¿Domás culebras? –interrogamos, interrumpiendo sus palabras.

_ Les doy caza y recojo el veneno que largan de la boca. Lo junto en tarros y lo envío a universidades. Con ese veneno se fabrica el suero que se usa en hospitales. ¿Increíble, no?

_ ¿Qué otras actividades sorprendentes hacés?

Se dio tiempo para dar a conocer la respuesta.

_ No cazo culebras solamente. También personas: delincuentes que se han dado a la fuga y se esconden en la selva. Allí me muevo como en mi casa. Sigo con cautela los rastros que deja el fugitivo y, tarde o temprano, lo cazo.

Mi pensamiento me trajo al instante la imagen de este hombre de ojos aguileños y manos rudas, escondido entre plantas, al acecho, escrutando con su mirada impenetrable.

En esta larga aventura, Jaime es otro personaje que nos abrió las puertas de su mundo. Me doy cuenta de que el viaje es la suma de desconocidos con los que nos fuimos cruzando. Extraños que se interesan por otros extraños, que pierden sus temores y prejuicios y se preocupan por ellos, por nosotros. Todo empieza como un encuentro de desconocidos; termina siendo una despedida de amigos.

Capítulo de Enlazador de Mundos I
(2009)

 

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