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Faro tradicional, entre bosque, rocas y mar

Cuentos

El faro

Ahora imagínenlo de noche

El faro

Gómez le prepara un Fernet a Urrutia. El sonido del handy los interrumpe.

-Gómez, ¿Urrutia está con vos?

Urrutia se acerca para contestar. El sargento le reconoce la voz:

-Luisito, ¿y  tu handy, pelotudo?

Urrutia, mientras habla, revisa atolondrado la cómoda y  la mesada de la cocina. Desplaza de un manotazo aquello que no se corresponde con el rectángulo negro y duro que está buscando. Gómez lo deja hacer: aunque está al cuidado de la casa y puede poner límites, de a poco va conociendo a Urrutia y sabe que cuando anda encabronado es mejor no decir ni ah.

El sargento le habla:

-Gómez, ¿pudiste con el auto?

-No arrancó, sargento, pero me parece que es la bujía. Yo mañana se lo tengo listo.

Le cuesta decir que no. Está recién llegado al faro y dos décadas de traslados por Argentina le demuestran que la buena convivencia es lo mejor.

– ¿Está lloviendo allá?

Gómez ve por la ventana que los pinos se zarandean como muñecos de trapo.

-Con furia, sargento.

-Preparale la otra pieza al cabo Urrutia. ¿Luis, seguís ahí?

Urrutia deja de revisar, resignado, molesto. Contesta de lejos.

-Escuchame, Luis, yo esta semana te compenso el franco, ¿estamos?

Urrutia quiere tragarse el enojo pero es pibe. A pesar de la formación tiene algunos arranques de bronca, como ahora, sintiendo la injusticia de haberle fallado a la novia para quedarse con Gómez en la otra punta del pueblo. El sargento, como si lo presintiera, aclara:

-Vos mañana traé el auto y yo en la semana te lo presto para que pases a buscar a la maestrita. –Se entusiasma-: ¿Sabés dónde la podés llevar, vos?

El sargento le menciona lugares pitucos con buena música; hace migas con Urrutia porque los dos son correntinos. Y hablando de salidas y música se acuerda y da el aviso:

-Estoy buscando al jipi que tocó la guitarra con nosotros. En el cumpleaños de Perdiguel.

-¿El que acampa en la desembocadura?

-Ya no acampa más. Lo pesqué con marihuana y en un minuto desapareció. Si lo ven me llaman, ¿está bien?

Cuando cortan la comunicación, Urrutia pregunta dónde mierda dejó el handy. Gómez, en vez de meterse, agarra los vasos interrumpidos de Fernet y los rellena con Cola. Está a gusto con la sorpresa de este sábado a la noche que le trajo compañía, en vez de dejarlo solo con los fideos y la lluvia por la ventana.

Ya están picados por el alcohol cuando se acuerda de la luz del faro. Se levanta sobresaltado y sale de la cabaña. Urrutia, sin entender, lo sigue. El frío los agarra desprevenidos. No hay lluvia, pero el viento se aplasta contra la cara como una cachetada. Avanzan por el sendero del bosque con el ceño fruncido y los pinos dando latigazos. Después de los últimos árboles el viento empeora; el cielo, sin copas, es gris espeso y madrugada cerrada. Delante queda el acantilado como un fin; abajo el mar, omnipresente, con las olas enloquecidas y oscuras.

Gómez entra al faro con las primeras gotas cayendo. Las botas de goma rebotan en las escaleras. Sube girando y no descansa hasta mover el interruptor y ver el acantilado iluminarse. Putea; pero enseguida se consuela diciendo que con esta lluvia no habrá pasado nadie: nadie que vigile y lo ponga en evidencia.

-¿Vos no viste nada? –pregunta Urrutia.

La luz ya apunta lejos, rumbo mar.

-¿Dónde?

-Por las cuevas, ¿no ves nada?

Gómez nota un movimiento entre las rocas: una sombra, en la única franja que queda de playa. Agarra los binoculares de un cajón. Todo se ve entre tinieblas.

-¡Es el jipi! –se sorprende, y la adrenalina lo deja duro, con el pecho crecido.

Con la mano tantea el fierro: asoma frío por entre el estuche de cuero. Urrutia se opone.

-¿Vos querés asustarlo? Dejame a mí. Le ofrezco un refugio que el mar se le está viniendo encima. Aparte se está por largar.

Urrutia, con la lluvia creciendo, baja hasta la pendiente de arena. Le grita. Se hace el amigo. El otro tarda en decidirse. Urrutia lo ilumina con la linterna para mostrarle el camino. Gómez lo ve subir como un perro por la loma empinada, arrastrando y marcando la arena. Distingue la mochila, encastrada a la espalda como un caparazón. Aprieta el handy.

-Sargento, ¿está despierto?

-Es sábado, Gómez –se escucha música del otro lado.

Gómez comunica la noticia. Baja. Encuentra a Urrutia empapado, hablando del primo que se mudó a Córdoba y se construyó una casa con barro. Se presenta con su mejor cara. La lluvia borronea los rasgos del jipi, que le muestra como saludo unos dientes resquebrajados. Urrutia propone refugiarse en la cabaña y Gómez los ve enfilar por el sendero del bosque. Él va atrás, precavido, presintiendo que lo tienen.

El jipi cuelga en la salamandra la ropa mojada. Gómez espera a que Urrutia se cambie. Los deja charlando. Cuando vuelve de la ducha, el jipi está sentado con las piernas abiertas y los codos sobre la mesa. Urrutia, cebando mate, comenta como si nada:

-Anda de acá para allá. Se estaba yendo a la ruta a hacer dedo.

-¿Para dónde vas? –pregunta Gómez.

-Puerto Santa Cruz.

-¿Ibas a dormir en la cueva?

El jipi abre los brazos, sin respuesta. Gómez le ve el collar con el hueso asomando y un tatuaje raro, grande, en la pierna. Lo interroga, primero con calma, después sin filtros.

-¿Traés droga al pueblo, vos?

El jipi niega. Gómez cambia el tono para hacerlo confesar, pero Urrutia lo corta: comenta que el pibe ya perdió la guitarra, que a lo sumo es alguien con faso pero nada más.

-¿Nada más? –se queja Gómez.

-Larguemosló –propone Urrutia.

-¿Estás loco? El sargento está viniendo.

-¿Le avisaste al sargento?

Los interrumpe el sonido de la puerta. Gómez abre. El sargento Benítez entra cargando un acordeón; lo sigue el cabo Perdiguel con dos guitarras. El jipi reconoce la suya.

-Te la olvidaste, pelotudo –le sonríe el sargento, morocho como Urrutia, pero tanto más pesado como años más tiene.

Se deja caer en la silla y pide algo fuerte. Gómez se rasca con fuerza; de reojo mira a Urrutia, trabado en una mueca rara. El sargento se calza el acordeón contra la barriga y le da una orden al cabo Perdiguel para empezar. Hace sonar las teclas marcando ondas con el fuelle, mientras el cabo improvisa melodías. El jipi se acomoda la guitarra; se anima a intervenir. Urrutia no espera más y sirve Fernet para todos; pero Gómez, desde ahora y para siempre, lo rechaza.

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