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El efecto del protagonista

Después del cine un día de lluvia sin paraguas

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El efecto del protagonista

El efecto del protagonista

Raúl se frotó los ojos para que las lágrimas dejaran de caer. Únicamente en el cine oscuro se permitía llorar. Él sabía tan bien como el protagonista lo que era hacerse de abajo: el papá, invalidado por una depresión, lo había puesto a cargo del local cuando tenía quince años.

Salió un poco abombado de la sala. Bajó las escaleras mecánicas y volvió a bajar hasta planta baja. Su papá estaba muerto, pero él continuaba con el local, que no significaba nada; el protagonista, en cambio, le hubiese pegado una buena patada.

Por los ventanales gigantescos del shopping vio que afuera llovía a baldazos. Empujó la puerta cuando recordó que faltaba el paraguas: había quedado en el cine, sobre la butaca de al lado. Con mucha vergüenza explicó el percance y mostró la entrada cortada. Lo dejaron pasar. Revisó su fila y las filas de arriba y de abajo. El paraguas no estaba.

Salió molesto, enojado, sin ganas de empaparse. Empezó a caminar pegado a la pared, al amparo de los techos: corría entre uno y otro para evitar el chaparrón. Se mantenía seco. Parado en una esquina, examinó por dónde seguir: se acababan los balcones de su vereda; era conveniente cruzar.

Esperando el rojo, casi distraído, vio pasar delante de sus ojos el paraguas. Dudó, quiso creer que no, pero era evidente que no había otro con el logo de la empresa de cable extendido sobre la superficie.

Se acercó rápido, cauto, siguiendo a un paraguas que se balanceaba a uno y otro lado. Entendió tarde que el que lo llevaba era rengo. No supo qué hacer. Se dijo que si había alguien que necesitaba el paraguas no era él, y recordó al instante una buena acción del protagonista. Además era de regalo, se convenció, y no valía dos pesos.

Prefirió mojarse: en poco tiempo estaría en casa. Se daría un baño, comería las sobras de la noche anterior y se iría a acostar. Sonrió con la lluvia golpeándole la cara. Pasó al lado del otro sintiéndose lleno y se puso a esperar el colectivo debajo de un balcón.

El viento insistía en mojarlo cuando vio aparecer al del paraguas y frenar junto a él. Raúl le hizo un gesto de cabeza. Cuando llegó el colectivo lo dejó subir. El otro se tomó un momento para cerrar las varillas y sin querer lo salpicó. Pidió un asiento a viva voz. Raúl lo ayudó a sentarse, aunque él, en su lugar, jamás -¡jamás!- hubiera pedido: hubiera esperado lo que fuese hasta que alguien notara la cojera.

Quedó de pie, entre muchos cuerpos, cerca de una ventana por la que se filtraba el agua. Estaba empapado, tenía frío, y el rengo charlaba divertido con la de al lado como si fuera un día de sol. Para Raúl ya no era domingo de cine: eran las horas previas al lunes. Se hizo lugar como pudo hasta su paraguas; prefería morir antes que pedir como su padre, pero esto era bien diferente.

-Disculpe –lo detuvo a medio sonreír-. Me parece que esto no le pertenece.

 

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