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La bandera argentina en la escuela

Cuentos

Crónica Primaria

Crónica Primaria

Lucas llegó descalzo a la escuela, descalzo el día del acto, a dos horas de que vinieran los padres y se apareciera la inspectora. Ya habíamos izado la bandera; yo estaba en el aula con los de cuarto ultimando detalles para la actuación. Mi grado era el encargado de la obra teatral, por decisión mía, y Lucas, también por decisión mía, era el protagonista. (Dos malas decisiones, según mi marido, por mi manía a hacer y sobreexigirme de más: después de la escuela no me quedaba tiempo para nada, me recriminaba, entre guión, vestuarios, elementos de utilería y tantas cosas más, y lo de Lucas que era el colmo, elegir al único alumno que me odiaba para que hiciera de héroe.)

Su ausencia me llenaba de ansiedad; la ocultaba acomodando y reacomodando a los chicos en fila, haciéndolos parar derechos, marchar y repetir la letra, sobre todo a los que hacían de mujer soldado y de general, que charlaban o se dispersaban con cualquier estímulo -una mancha en el pizarrón que se volvía juego, una mosca que zumbaba, un auto que pasaba-; yo los escuchaba sin escuchar, por dentro pedía por favor que Lucas llegara, que llegara para que al menos por una vez todo se desarrollara como estaba pautado.

Lo trajo la portera, agarrado del brazo; su mueca me hacía entender que algo malo estaba pasando. La directora dice que usted se hace cargo, dijo, y de refilón le miró los pies. Estaban llenos de polvo, las uñas con tierra, y yo no supe qué hacer, la directora me había advertido -no algo tan fuera de lo común, pero sí algún problema: que faltara, que se olvidara la letra, que dijera cualquier cosa, que lastimara a un compañero, porque Lucas se iba a las manos por cualquier pavada y si no diferenciaba entre chiste y agresión, qué nos hacía suponer que entendería el código de la actuación.

Yo me acaloré, ya imaginaba a la inspectora: a paso de tacos corroboraría que todas las puertas y ventanas estuvieran tapadas de afiches, que era su modo de medir la enseñanza, después se sentaría, no, se quedaría de pie a mirar el acto, pero lo único que vería serían los pies de Lucas. Me amonestaría sin escuchar justificaciones, cuando yo me había preparado durante todo el mes; una hora y media había dormido la noche anterior con tal de terminar las cartulinas, armar los afiches, encontrar las imágenes que faltaban de revistas, recortarlas y pegarlas, y hacer guirnaldas de papel. Era el primer mes en el último año donde no había insistido -¡ni una vez!- para quedar embarazada. Y me acuerdo perfectamente porque fue ese día cuando quedé.

Accedí a que Lucas fuera el protagonista para integrarlo al grupo (aunque mi marido dijera que lo hacía para ganármelo): para integrarlo y porque él me lo había pedido. Lucas quería ser Chacho Peñaloza, el caudillo riojano, y en los ensayos me escuchaba, se esmeraba, desenvainaba el facón que yo había construido con cartón y forrado con papel aluminio, y ordenaba a los compañeros como si de verdad fueran su tropa. Mi marido seguía los avances de Lucas desde que lo tuve en primero, y sabía, como la directora, que no podía confiarme.

Así como terminábamos de actuar me ignoraba, volvía a su lugar en el fondo y buscaba cómplices para sabotearme la clase. En primer grado usaba alpargatas, bombachas de campo y boina. Ahora escuchaba reggaetón y tarareaba canciones para molestarme. No le daba importancia a la ropa porque tenía poca, gastada y usada; en cambio se retocaba una y otra vez el peinado, pasándose la mano por el pelo como un tic, achatándose el flequillo y dejando en punta los pelos de atrás. Cada tarde lo veía irse solo, parco, por el sendero de eucaliptos que nace en la parte de atrás de la escuela; ya lejos, como una mancha en el horizonte, lo veía trepar la lomada, ahí donde pasan las vías viejas, y andar por los durmientes de madera hasta su casa. Un rancho en el establo, me había contado la directora, porque en establos era donde trabajaba el papá.

Lucas, en cuanto la portera se fue, empezó a reír como un loco y a alisarse el pelo para que no perdiera la forma. Yo sentí que me lo hacía a propósito. Soy de las que ponen buena cara y una sonrisa para explicar las cosas, pero esta vez lo agarré de los hombros, lo miré con ojos grandes y casi zamarreándolo le pedí, le rogué, que volviera a la casa a buscarse las zapatillas. La directora escuchó mis gritos. Salió del despacho y lo mandó a Lucas a sentarse y callarse. Me dijo despacio que en horario escolar no se podía salir.

Adentro Lucas reía, sus compañeros reían, pero alguien hizo un comentario que lo ofendió. El chirrido de la mesa me hizo dar vuelta: Lucas se había parado y sacaba pecho. Arrojó como un golpe su muletilla de pelea: ¿Querés ver cómo te enseño a obedecer a vo´? Fui a separar mientras la directora chistaba.

Lucas era bien flaquito, todavía no había pegado el estirón, pero el trabajo con caballos lo había vuelto rudo, de manos cortas pero callosas; nudillos gruesos. No admitía cargadas, aunque en primero, bien recuerdo, huía llorando si alguien lo molestaba; se escondía siempre en el mismo lugar, trepado a la rama más alta del árbol que decora el centro del patio.

Mis ganas de ayudarlo no servían para nada, más bien perjudicaban, le caían mal. Salía del aula sin permiso: sólo conmigo se permitía ese atrevimiento. No respondía a mi grito de ¡Lucas!, ni en primero ni en cuarto. Lo buscaba directamente junto al árbol antiguo, sobre la rama más alta, y él reía con su risa infantil y explosiva y se burlaba mientras yo le daba vueltas al árbol sin la menor idea de cómo sacarlo. Peor en cuarto: en lo que iba del año dos veces había encontrado la llave de la escuela y había escapado, y otras tantas se había encerrado en el baño. Lo sacaba a la fuerza contra mi promesa de no mostrarme nerviosa; una vez le dije, y me da vergüenza escribirlo: Si fuera tu madre te daría un sopapo. El reía con su risa infantil, explosiva.

Con la directora empezamos a buscar la manera de suplantar las zapatillas, como cuando en la escuela no alcanza la comida que nos mandan y tenemos que engrosar con lo que hay. Sugerí encintar cartulinas a los pies, intentar algo medianamente prolijo, pero al llevarlo a la práctica Lucas al minuto estaba otra vez descalzo, con la cartulina despegada.

Los chicos reían, y yo veía a Roque reír: era la primera vez que prestaba atención desde que llegó con la carita amoratada. Y reía Mili, separada de los padres, dele repetir ¡se vino descalzo!, maravillada de que en la escuela también pasaran cosas prohibidas.

La directora pensaba, resoplaba con gusto a tabaco. Propuso que Lucas usara las zapatillas de algún chico de quinto y después de la obra las devolviera, pero enseguida se arrepintió y tuvo miedo de que la inspectora nos descubriera. De los padres ni siquiera esperábamos censura, muchos chicos venían solos, con el guardapolvo sucio, la ropa de hacía tres días, o sin cuaderno y sin útiles. Las maestras salíamos volando para comprar el cuaderno de tapa dura con plata de nuestro bolsillo, y teníamos que comprar el de tapa dura, que es el más caro, porque así lo manda la educación.

La portera, que aunque estaba en la otra punta del patio, ocupada de las sillas para el acto, escuchaba todo, sugirió ir a pedirle zapatillas a doña Emilia la almacenera: su nieto tenía la estatura de Lucas y vivía con ella al fondo del almacén. La directora accedió. Se hizo cargo de la clase, pidió silencio con voz fuerte, y con todos callados yo salí rápido hacia el almacén.

Mezclada entre los estantes, doña Emilia abrió una puerta que crujió y trajo el sonido de una tele. Estaba prendida pero nadie la miraba. Caminé por ese espacio en penumbras, siguiéndola. Encendió la luz de un cuarto y me hizo pasar. Vi pósters de River, la cama deshecha, el placar abierto y algunos pares de zapatillas dispersos. Se lo encomiendo a la señora directora, me dijo, entregándome un par.

Yo volví contenta, pero Lucas tenía los pies más grandes y ni ayudándolo con el dedo entre la zapatilla y su pie logré hacerla entrar. La directora miró la hora; me preguntó si me animaba a ir a lo de los papás; pero lo de Lucas quedaba en el campo, no supo darme referencias claras para llegar. Suspiró, fastidiada, y palpó su bolsillo del guardapolvo, deformado por el paquete de cigarrillos. Andá con Lucas, me dijo. ¡Rápido!

Salimos. Hicimos el mismo recorrido que yo le veía hacer a la distancia: donde terminaban los eucaliptos trepamos la lomada. Por allí pasaban las vías abandonadas: abajo el pueblo era paisaje y delante el horizonte era verde de campo y caoba de paja y sequía. El calor me empezaba a molestar, el sol parecía de mediodía aunque era media mañana: así es noviembre. Lucas se puso a caminar por los durmientes de madera, descalzo, con la agilidad que le daban la edad y el hábito; yo procuré caminar al lado, por el pasto: los cardos me lastimaban los tobillos y una multitud de pinches se me fijaban como garrapatas a los  cordones.

Le pregunté a Lucas dónde vivía. Cerca, me dijo, y señaló en dirección a la autopista. ¿Quién vive en la hacienda? Nosotros, contestó sin mirarme. Nunca me miraba. ¿Te hice algo malo?, inquirí, y sin querer asomó el filo de la bronca. Supe de antemano que no diría nada.

El campo se partía en dos; un precipicio nos cortaba el paso y lo único que lo atravesaba eran las vías. Lucas me dijo que él seguía solo, pero temí que no volviera. Se adelantó y pasó como si nada. Me esperó al otro lado, sentado al borde del precipicio, riendo: reía igual que trepado al árbol, igual que hacía un rato en la escuela. Reía de mí.

Me acuerdo que pensé, mientras con un vértigo horrible apoyaba un pie y otro y otro sobre cada durmiente, que debía existir un camino trazado y transitable de verdad, donde no hubiera precipicios ni cardos ni pinches. Sonreí: así era la docencia. Me acordé de mis primeros días de guardapolvo planchado, de mis clases planificadas, no para el día siguiente, sino para todo el mes. Mi cabeza contrapuso las corridas a la librería con tal de que a nadie le faltaran los útiles, el olor a gas en invierno, la estufa que no andaba, la falta de cortinas en verano y el sol que como ahora no me dejaba en paz. Las planillas, las encuestas que podían interpelar a otras pero no a nuestra escuela, las peleas, los gritos, los insultos… ¿Qué tenía que ver el viaje a lo de Lucas con lo que se suponía debía enseñar?

Atravesamos una tranquera y entramos en un campo de trigo a medio crecer. Pasando la segunda tranquera había vacas pastando; al fondo estaba el establo. Un joven le terminaba de cortar las pezuñas a un caballo que se movía y parecía a disgusto; le empezaba a colocar la herradura cuando nos vio. Lucas preguntó por papá, y su hermano mayor, con toda la pinta de gaucho, señaló hacia atrás. Dimos la vuelta al establo. El papá jineteaba a un caballo cabrío, andaba en plena doma. Con taconazos y gritos lo detuvo. Bajó de un salto y se restregó las manos contra el pantalón antes de presentarse. Lucas era otro: habló de mí como de la señora maestra. No me tuteaba. Estaba serio, miraba el piso, y no terminaba de contar por qué estábamos ahí. El papá se impacientó. ¿Hizo algo, señora maestra?, preguntó. Y  sin esperar respuesta le habló a Lucas: ¿Querés ver cómo te enseño a obedecer a vo´? Le expliqué rápido la necesidad de unas zapatillas y señalé los pies; ahí me vine a enterar de que el calzado de Lucas estaba mojado y que el papá le había mandado usar las botas de trabajo. Se disculpó por su hijo y dijo que sin madre era doble el esfuerzo; pero Lucas, cabizbajo, las manos cruzadas detrás de la espalda, los pies marcando círculos apretados en la tierra, no quería saber nada con las botas: era como si le pidieran taparse el pelo con la boina. El papá apretó la boca y crispó las manos sin terminar de cerrarlas. Yo volví a intervenir: le dije a Lucas que las botas eran perfectas para hacer de Chacho Peñaloza, auténtico gaucho cordillerano.  Le sonreí. Me miró y me sonrió.

Volvimos por un camino de tierra con puente, un atajo que nos dejó en lo de doña Emilia, ya a la vuelta de la escuela. Entramos rápido y me encerré con los de cuarto en el aula; tuve tiempo de un último ensayo antes de salir a actuar. Pero entre el público había sólo dos mamás y un papá, el resto eran sillas vacías, con el viejo árbol en el centro. Las otras maestras terminaban de arreglar sus cartulinas y afiches, y los de sexto habían sacado dos mesas y exhibían una maqueta. Lamentablemente no recuerdo maqueta de qué, y no sé si alguien la vio. La inspectora se quedó en la muestra de otra escuela, se le hizo tarde y no pudo venir. Yo vi a Lucas actuar de gaucho rebelde, y era tan sensacional.

 

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