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Monoblocks de Soldati

Cuentos

Cerebro de Oro

Cerebro de Oro

   Todavía quedan dudas sobre la inocencia de mi hermano, el policía Gutiérrez. Fue el primer acusado por el caso Marcelo, o <<el chico del cerebro de oro>>, como apodaban los noticieros. Durante dos meses los medios hablaron únicamente de esto, hasta que ya no hablaron más y se olvidaron por completo. Me di cuenta de que estos papeles no pueden salir a la luz; tal vez los encuentren empolvados cuando muera y ya nadie recuerde nada, salvo los más memoriosos, con la vaga imagen de un chico con oro en la cabeza.

   Algunos periodistas burros se piensan que desde siempre estuvimos al tanto de lo que pasaba. ¡No! No lo sabíamos; cuando nos acostumbramos resultó familiar. Al principio, por supuesto, fue algo de no creer y tuve que ver la placa dorada incrustada entre los mechones de Marcelo para corroborar que era cierto. El hábito naturaliza todo: cuando el padre de mi nene nos abandonó y vinimos a lo de mi hermano, estaba acostumbrada a las calles de tierra del Conurbano y a una pobreza menos dañina. Acá vi cómo mataban entre los monoblocks, a la vuelta de cualquier pasillo. Vi robos y los fui asimilando. Me hice fuerte porque no tuve opción.

   Toman a mi hermano como a un policía anónimo y nadie piensa que Marcelo era nuestro vecino, amigo de mi hijo desde chicos. Venía a casa cada semana. Trabajaba de aprendiz de carnicero y soñaba con vivir de la música. Mi hermano lo incentivaba a buscar bares de la Capital para cantar. Salí del barrio, le decía. Cantaba tangos como Antonio Tormo, con su alma aguda impregnada en la voz. Yo me conmovía, y sé que a mi hermano le pasaba lo mismo: se ponía duro, con los labios fruncidos, para no mostrar su emoción. Mi padre también cantaba tangos.

   Marcelo un día nos dijo que cantaría en San Telmo. Estaba eufórico como nunca lo había visto; le decía a mi hijo que la clave era frecuentar otros círculos aparte de los del barrio: siempre los mismos vecinos, la bandita, la murga… Decía que afuera pasaba de todo y que los contactos permitían salir del gueto, no quedar condenado a laburar de obrero, cana o carnicero. Mi hermano reía. Estaba orgulloso. Lo toman como a alguien formal porque se hizo tristemente conocido como “el oficial Gutiérrez”; pero  él sale del trabajo y hace su historia.

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