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Relatos de Viaje

Casi comunidad

Casi comunidad

Acompañé al Ruso a distintos encuentros, todos diferentes al ENCA. Yo contaba entre los trabajadores, por más que fuera un ayudante de segunda, mientras que el resto pagaba a cambio del espacio para acampar, la comida y el aprendizaje. El espíritu intentaba ser el mismo, pero al ser otro el arreglo (plata de por medio), el vínculo cambiaba. Las tierras eran de comunidades en funcionamiento, pequeñas, incluso familiares. Tenían luz. Organizaban los encuentros para ofrecer otra realidad de vida y conseguir ayuda masiva. Sonaba música por altoparlantes o de instrumentos. Cuidaban del espacio como a una casa y el río era el gran punto de encuentro.

Ruso no permitía los tambores, decía que no ayudaban a la armonía. Fumaba mucho, era inquieto. Me contó de su arquitectura iglú en Alto Paraíso y me mostró un folleto con los distintos modelos de horno que fabricaba. No se preocupaba por las terminaciones ni por facilitar una puerta con bisagras. Mi tarea era juntar las materias primas y armar la mezcla. El Ruso montaba la estructura. Sólo me dejaba pasarle las piedras, traídas del río, y no podía hacerle preguntas. Me decía que aprendiera mirando. En mi cuaderno hacía dibujos y anotaciones.

Participé de talleres corporales y asistí a uno de caminata. Por primera vez tomé conciencia de mis pies chuecos e inicié acciones para corregir la pisada. A primera hora del día me alejaba con una chica y la seguía en una secuencia de Tai-Chi. Trabajaba hacía quince años en circos. Me parecía muy linda y agradable, pero como con los payasos, percibía una tristeza en el fondo de su pecho.

El Baba, un veterano con el pelo y la barba del  Ruso, aunque gordito y grandote, era como el líder espiritual. Asumía este rol sin ser dueño ni integrante de ninguna de las comunidades. Antes de las comidas tomaba la palabra con un tono de voz angelical, al que poco a poco desplacé de su mística divina por identificarlo como pauta cultural del nuevo jipismo. La mujer permanecía a su lado, seria y callada.

Wash usaba medias hasta las rodillas, un shortcito a lo Mundial 86, barba enrulada y una gorrita que le armaba dos pomponcitos de pelo a los costados. Me sorprendió verle una mirada transparente cuando me contó del brote psicótico. Dijo que salió fortalecido porque aprendió a quererse.

-Aprendí a no juzgarme –me dijo con una sonrisa franca, y sentí que era lo mejor que podría aprender en mi vida.

En las rondas me impresionaba ver a tantas chicas viajando solas; una se movía en bicicleta. Recuerdo al del micro, un pibe de pelo largo que cobraba una tarifa por asiento y había traído a un grupo de la ciudad. De un encuentro a otro me llevó. El Ruso no podía hacerme lugar en su auto, viajaba apretado con una mujer bastante más joven, tres nenas que no eran de él y dos perritos. El auto, viejo y sucio, iba cargado de bártulos hasta arriba de las ventanas.

Cuando paramos en la estación de servicio hicimos cola con tal de comprar algo dulce: amado azúcar blanco, despreciado y fuera de circulación en los encuentros, una reliquia a la salida. Mi adicción, ante la necesidad compartida, se me figuraba droga.

El Ruso, en cada encuentro, publicitaba Tierra Ronca diciendo que era el lugar ideal para vivir, abundancia de frutas, río transparente y una tierra grande a disposición para quien quisiese. Anunciaba el próximo encuentro y pedía concurrencia. Faltaban pocos días. Quedamos en encontrarnos antes en Alto Paraíso, pero esta vez no se presentó. En grupo fuimos a San Jorge, cerquita, donde nos dieron un patio para acampar.

-En lo que pueden, devuelven –nos dijo el dueño de casa.

Nadie le respondió, así que agregó:

-Un idea y vuelta, ¿no?

Hasta recién nos ocupamos de la limpieza del patio. Ando pensativo. Presiento que acá comienza el final de mi primera juventud, con la noción del intercambio: entender que si el otro da, también espera algo de mí. Asumirme como adulto que resuelve, sin depender de los padres pero tampoco de extraños.

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