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La mano de un anciano

Cuentos

Café de Estación

Café de Estación

A Claudio lo conocí a la salida de un boliche; la oscuridad se teñía de amanecer y las hojas de otoño llenaban la vereda. Yo era un adolescente dejando la adolescencia. Apestaba a alcohol a través de la ropa y de los poros contaminados. Caminaba despacio y tambaleante, con sus pasos firmes detrás.

¿No le da vergüenza?, me dijo, esquivándome con dificultad. Me miró con cara de asco mezclada con lástima. Pasó rápido, erguido a pesar de la edad, y no me dio tiempo a responderle. Llevaba un sobretodo y una boina. Delante estaban las barreras bajas y se escuchaba el pitido de no avanzar. Creí que se apuraba para pasar antes que el tren, pero frenó en medio de las vías; miraba algo de adelante, un muro alto que por su sombra me dio la impresión de un callejón. Él avanzaba y desistía; ya se escuchaba el sonido del tren cuando pegó la vuelta. Me habló justo antes de volver a cruzarme. Yo miré para atrás, no creí que estuviera dirigiéndose a mí: Si pasa por ahí le van a robar. No me tuteaba.

Seguí mi camino por vergüenza, no para desafiarlo, pero él se cargó de un tono que me ofendió y me tildó de borracho; me dijo que si no era del barrio escuchara. Le respondí que yo no era ningún borracho, y él que sí y yo que no, a metros de distancia, mientras el tren pasaba y tapaba nuestras voces. Me hizo seguirlo. Ya ninguno de los dos discutió. Le expliqué de un modo vulgar (pero revelador) que en cualquier otro momento salvo sábado a la noche, y en cualquier otro lugar salvo el cuadrado oscuro y tumultuoso del boliche, yo huía despavorido de las chicas; con vodka, en cambio, me podía relacionar.

¿De qué huye?, me dijo. No sé qué contesté, pero sí que a raíz de su pregunta entró a mi cabeza una idea: huía del miedo como monstruo a desnudar mi intimidad y mi cuerpo. No sé por dónde ni cuánto tiempo caminamos; él iba muy rápido, con las manos detrás de la espalda y la cabeza adelantada, como si quisiera llegar antes. Me mostraba fachadas y elementos del barrio; yo detectaba esquinas con cúpulas, caserones entre edificios, gárgolas que jamás había visto y jamás volví a ver. De repente estábamos charlando en la cafetería de una estación de servicio: una GNC despintada y roñosa.

Fue la única vez que hablé más que él; pero también, paradójicamente, la vez que él más me abrió su intimidad. Le conté, con el café negro entre las manos, todavía desinhibido, que mientras mis amigos se empilchaban y perfumaban para la cacería, hablando de mujeres, mujeres, mujeres, y del sexo que tuvieron y tendrían, yo era un pollito mojado con ganas de encajar pero sin sexo en las venas. Recuerdo que me sorprendió escucharme, como si mis labios hablaran solos y extrajeran las palabras de algún rincón que no era la cabeza. Y sin embargo esa misma noche miré insistentemente a la cajera, con la valentía del alcohol, sin que me importara incomodarla. Me parecía inaccesible con su pelo violeta y un lado rapado; por eso me atreví a mirarla. Su imagen rebelde era todo lo que yo no podía ser.

Claudio me contó que vivía en un hotel familiar junto a las vías, ahí bien cerca del callejón, que salía a caminar cuando el insomnio se volvía insoportable, y que los tres muchachos de los que me había precavido eran amiguitos de la policía. Lo dijo con el gesto fruncido de comer limón. Habló de la dueña del hotel, una señorona viuda, medio sorda, que se hacía la delicada pero tenía el lugar hecho una mugre. Estaba Gaspar, un español de su edad, acumulador, que traía de la calle cuanta basura encontrara. Y Susana, una cincuentona chiquilina que sin respeto dejaba la música alta y tapaba la bacha con restos de comida.

Mencionó al pasar a una empresa que lo estafó con los aportes jubilatorios de treinta años. Cada mañana iba al centro a hacer un reclamo que nunca terminaba. Caminaba seis kilómetros para ahorrarse el pasaje de colectivo, pero él decía que lo hacía por ejercicio.

Pronto se puso a hablar de algo serio, así lo expresó, como si su intimidad fuera una loma de burro innecesaria. Con el tiempo descubrí que tenía conocimientos de todo, y cuando digo de todo no exagero: historia, economía, geografía, física, medicina, alimentación… Mencionó bibliotecas con estantes de piso a techo; lamentó tanto libro perdido entre mudanzas solitarias. Pasaba de un tema a otro y daba detalles insólitos: fechas, nombres, lugares; apelaba a números y estadísticas para justificarse.

Hablaba desde el borde de la silla, estirado hacia delante, en voz baja pero con la fuerza de un grito. Yo para no exacerbarlo le prestaba atención; si me distraía golpeaba la mesa como aplastando a un mosquito. Miraba de reojo las cámaras de seguridad colgadas de las esquinas, con la misma cara de comer limón con que se refería al hotel o a los muchachitos del callejón. Decía que había que tener cuidado.

Esa primera vez le sugerí presentarse a algún concurso que premiara el conocimiento. Hizo un ja bien irónico; la tele estaba de fondo, pasando la publicidad de dos modelos y una marca de cigarrillos. ¿A eso quiere que me exponga?, dijo, con la vista en la pantalla, y casi al segundo me indicó por señas que el taxista huesudo y bigotón parado al otro lado del vidrio, contra la puerta negra del taxi, fumaba el mismo cigarrillo de la publicidad.

Desde entonces nos encontramos una vez por semana. Siempre en la estación de servicio, siempre en la mesa del fondo, entre los dos ventanales. Cuando la mesa estaba ocupada hacíamos tiempo y ni bien se liberaba nos movíamos. Cada uno se pedía un cafecito y yo a veces invitaba el alfajor. Él traía diarios viejos, recortes de revistas y libros. Por favor, Nicolás -se acomodaba más en el borde de la silla, agarrado de la mesa para no caer-, San Martín respondía a Inglaterra, era un masón como todo el resto, ¿de qué libertad habla? Abría una página del libro, me pedía casi enojado que le leyera. Yo le veía la boca crispada, los dientes marchitos. Nunca se quitaba la boina.

A la misma hora, en el Mc Donald de enfrente, se juntaban unos chicos con las remeras rojas de un partido de izquierda. Claudio no les sacaba la vista de encima cada vez que se ubicaban contra el vidrio del primer piso. Comunistas en filial yanqui, ironizaba. Sostenía que Estados Unidos había ayudado al comunismo porque la Rusia zarista no la dejaba instalar sus petroleras. O señalaba los surtidores de nafta, al otro lado del vidrio, murmurando que el petróleo venía de muy abajo, de tierras argentinas que ya no lo eran.

Había otro Claudio: el que soplaba el café como un niño cuando venía muy caliente y reía si de ansioso se quemaba; me apoyaba una mano en el hombro para preguntarme cómo estaba, siempre quería saber qué había hecho el último sábado; o se quedaba mirando el movimiento de la calle, a tanto trabajador ir y venir, y agradecía ser un viejo desocupado con tiempo para ver a los demás.

Yo lo escuchaba, lo escuchaba y cada tanto preguntaba. ¿Usted qué busca?, me dijo el día de su cumpleaños, cansado de hablar pero con los ojitos prendidos. Le reconocí que sabía muy poco de mí. Sabía que trabajar encerrado, oliendo el mismo perfume de ambiente y los mismos desodorantes cada tarde, no era para mí; sabía que ir directo del trabajo a encontrarme con él, en jean y camisa en vez de pantalón jogging y zapatillas, tampoco era para mí. Ni  tampoco lo era apretujarme en colectivos llenos o ir a bailar. Un boliche sin alcohol me irritaba tanto, dije, como a él que yo me desconcentrara y lo hiciera repetir.

Rió con ganas. Terminé de decir que para mí el mejor plan de sábado a la noche era una caminata sin destino y por calles oscuras; pero por miedo no lo hacía. Claudio quedó en silencio, mirando la calle. Me hizo prestar atención a unas bolsas enormes llenas de juguetes, y a la mujer apurada que las llevaba. ¿Usted se piensa que eso es lo que la hija espera de la mamá –preguntó-, o el modo en que la mamá compensa su ausencia?

Le pedí permiso para anotar la frase; me contestó que no se trataba de palabras sino de hechos. Señaló un auto lujoso que esperaba el verde y volvió a atacar: ¿La persona compra el auto o el auto a la persona? Yo no respondía. Después me hizo mirar a la cajera, pero esta vez no usó el dedo; hizo un movimiento de boina y un gesto con las cejas; la sonrisa pícara, lateral. La vi entre las golosinas, linda con su pelo violeta, disimulada en su uniforme, mientras él me provocaba: La pauta es de minifalda, de noche y embriagado. ¿No? Pero enseguida adelantó su cabeza hasta el centro de la mesa, bien cerca de la mía, y mencionó las pastillas antiacidez que la cajera escondía entre los billetes de diez. Yo no entendí la relación; él captó mi sorpresa. ¿Piensa que tiene derecho a ausentarse?, murmuró. Mírela, Nicolás, mire el mundo, decía.

Ese día detecté el momento en que se agarró la panza, creyéndose sola; los pelos violetas le taparon la cara. Fue un instante. Sacó las pastillas de adentro de la caja registradora y rápido tomó una. No volvió a llamar la atención, pero en su cara había dolor. Claudio me susurró que trabajaba de seis a seis. Yo la vi charlar con los clientes y con los playeros que entraban para que les pasara la tarjeta por la ranura de la máquina. Sonreía, se mostraba entera y de buen ánimo, en contraste con la rudeza que yo sentía que le daba su lado rapado. Claudio me chistó: Disimule, Nicolás, por favor.

Empecé a sentir el vértigo de entrar a la estación y verla, el vértigo de saludarla con un gesto de mano, un hola inaudible, o de ir rápido hacia la mesa del fondo, como si la falta de contacto me camuflara. Aguardaba su café o sus pasos próximos como si fuera mi turno para algo, pero todo lo que lograba era aumentar la ansiedad. La conversación surgió al tiempo, espontánea. Claudio había traído unos cds de tango que encontró en la calle. Me preguntó cómo podía escucharlos mientras la cajera aparecía con la bandeja y nuestros cafés. Comentó que en el cuarto de atrás había un grabador; no tenía problema en traerlo y probarlo. Su voz era suave, como si siempre hubiese estado charlando con nosotros dos. Claudio le sonrió. ¿Usted qué música escucha?, le preguntó. Ella dijo que de todo. ¿Qué le gusta hacer?, quiso saber Claudio. Se quedó pensando; descubrí que en la mejilla tenía un lunar minúsculo, y que debajo de su boca se formaba un hoyuelo simpático. Dijo que le gustaba pasear; pero Claudio fue insistente: Sea específica. Y ella dijo caminar, caminar por caminar, sin rumbo. No pude ocultar la sorpresa, reí como un tonto; después hablé solo, sin vodka y a plena luz. Aunque le miraba el lunar para no mirar a los ojos, fue la primera vez que hablé con una mujer, con los tangos de Claudio de fondo.

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