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Cacique blanco. Viaje por el Amazonas, Brasil

Relatos de Viaje

Cacique blanco. Viaje por el Amazonas, Brasil

Guerchu se suma a este viaje para encontrarse con su destino, o al menos con él mismo. Dormimos una noche en Manaos y salimos en barco por el Río Negro, en busca de indios que reflejaran nuestras más ingenuas fantasías. Pretendíamos nada más y nada menos que una aventura en el Amazonas de Brasil.

Viaje en hamaca por el Amazonas

Viaje en barco

Vendedores del Amazonas con sus canoas

Canoas de venta de los indígenas

Llegamos a un pequeño poblado que tenía cyber con tres computadoras. Me decepcioné. Empecé a preguntar por lugares apartados dónde ir y me topé con una mujer, Ana, que después de una larga charla me sugirió conocer a su marido.

Con provisiones para una semana, una muda de ropa extra y nuestras hamacas, salimos, sin guía, apenas con un mapa trazado en una servilleta de papel, por un sendero trazado en medio de la selva.

Anduvimos unas cuatro ó cinco horas por un camino de tierra roja, salpicado de barro y agua y rodeado de vegetación espesa. Muy de vez en cuando se veía una casa perdida. La primera parada la hicimos para pedir agua a un campesino: nos llevó a un pozo y empezó a mover con fuerza una palanca hacia arriba y hacia abajo hasta subir el líquido del fondo. Cerca del anochecer volvimos a detenernos: no queríamos caminar de noche. A nuestro lado había una casa de madera, como un pequeño cubo, elevada sobre pistones.

Gritamos: nadie respondió. Caminamos hasta un refugio que está al fondo del terreno, también en vano. Subimos a la casa, que se trató de un cuarto inhóspito y sucio. Resolvimos dormir ahí. Mientras yo me las ingeniaba para atar las hamacas y colocar los tules (la salvación para tantos mosquitos), Guerchu se ocupaba de prender un fuego, tarea que lo apasiona. Pero la leña estaba muy mojada como para encender.

Aparecieron dos indígenas; venían descalzos y se acercaron a la casa. Guerchu les explicó, como pudo, que necesitaba hacer el fuego, y ellos al rato regresaron con un machete y un líquido oscuro, de seguro kerosén o gasolina. Hicieron a mi amigo a un lado, y en cuestión de dos minutos se hizo la luz. Nos quedamos contemplando el subyugante fuego, sus llamas doradas y la selva imponente, hasta que los ruidos de los animales se hicieron tan fuertes y tan diversos que extirparon en nosotros cualquier resto de valentía.

Por la mañana, al despertar, festejamos el hecho de estar vivos. No tardamos en llegar a Sitio Anita: nuestro destino. Nos recibió Tatunca Nara; sin que le explicáramos por qué estábamos allí ni quiénes somos, nos saludó con afecto, nos dio jugo, nos llevó a recorrer sus diez hectáreas y nos convidó con varios frutos exóticos del Amazonas.

Selva adentro, Amazonas, Brasil

Hombre de setenta años, andaba desnudo a no ser por una especie de calzoncillo y unas botas de trabajo. Sus rasgos físicos, sus ademanes y su andar erguido y resuelto son propios de un hombre mucho más joven. Tiene el pelo gris, los ojos vivaces y el tatuaje de una tortuga en el pecho. Nos mostró plantaciones de todo tipo de frutas y nos guió selva adentro; él iba con paso firmes; nosotros, inseguros de cada movimiento. Los árboles, infinitos, de troncos esbeltos y copas inalcanzables, otorgan sombra eterna: por escasos resquicios asoma como de un colador la luz del sol. Nos señaló una desembocadura del río y un bote con un remo, precario y de madera, con el que podíamos salir a navegar.

En la primera incursión que hicimos en esa boca de río de dos metros de ancho, resguardados por la vegetación y vigilados por monos, no pudimos evitar que se filtrara agua en el bote. Entre remada y remada, la embarcación fue cediendo hasta hundirse. Flotando, sosteniéndonos de ramas y lianas, contuvimos el bote contra un tronco para que no se lo llevara la corriente. Pataleábamos para mantenernos a flote y para espantar a los monstruos, que, temíamos, podrían rondar nuestros pies. Tardamos en enderezar la embarcación y volver a subirnos. Con risas de pánico, regresamos a tierra firme.

La casa de Tatunca es una improvisada choza de madera que él mismo construyó. Su trabajo y su vida consisten en trabajar la tierra y en talar árboles de su terreno para disponer de más espacio cultivable. En estos días, lo acompaña en la labor diaria José, un indígena de facciones cansadas y tristes, un trabajador infatigable.

Indígena en el Amazonas, Brasil, Río Negro adentro

José, trabajador infatigable

Tatunca Nara

En este punto debo remitirme a la vida de nuestro anfitrión. Procuraré ser minucioso en el relato; su pasado exige tal pericia. En varios episodios, durante los días que compartimos juntos, dejó entrever que no es una persona vulgar que está para abandonar este mundo sin pena ni gloria; también hizo esporádicas alusiones a libros escritos sobre él, y a mentiras, engaños y blasfemias.

Recién ahora, fuera de su casa y con tiempo para discurrir en la visita, estoy en condiciones de sintetizar la vida del enigmático Tatunca Nara: fueron confesiones de a sorbos, relatos que por el idioma se hacían más difíciles de entender. No me atrevo a reproducir su voz: temo equivocar las palabras, falsear el significado de algunas expresiones. Aunque dé más distancia y se desvanezca la sensación de veracidad, prefiero acudir al discurso indirecto.

Nos contó que allá por 1969, el gobierno militar de Perú mandó sus fuerzas contra una comunidad indígena sin “civilizar”, de las pocas que quedaban en Sudamérica; que los Mongulala resistieron por sus feroces guerreros; que la batalla duró mucho tiempo; que se mató mucha gente; que el Cacique Blanco era el líder indígena; que por su cabeza había una recompensa muy alta; y que fue atrapado cuando huía por Brasil. Se señaló su tatuaje e indicó que representa el escudo indígena; al final nos confesó que el Cacique Blanco era él.

Tatunca Nara nació en Akakor, una ciudad subterránea, perdida, secreta, que queda en el límite fronterizo entre Perú y Brasil. Allí habitaba la comunidad indígena de los Mongulala; ni españoles ni portugueses tomaron conocimiento, durante el tiempo de la Conquista, de su existencia. Él nació entre costumbres y tradiciones vírgenes de invasión: adoración al fuego, a la Diosa –representada por el Sol-; un taparrabos en la zonas pudendas como única vestimenta, el cabello siempre largo, pinceladas de color en el rostro. A diferencia de otros niños, hasta sus dieciséis años fue educado por los sacerdotes de la comunidad: los sabios o chamanes. El motivo: ser hijo de la máxima autoridad, el único heredero al mando.

Su padre, durante la década del treinta, se enfrentó a una ciudad de blancos. Sus hombres, adiestrados para guerrear, mataron a todos o, mejor dicho, a casi todos: sobrevivieron cuatro mujeres; entre ellas, una monja alemana, la futura madre de Tatunca. Él, fruto de un amor censurado e imposible, recibió influencia de ambos. Su padre le enseñó el arte de la guerra; le decía que el hombre blanco es el enemigo, el que quiere acabar con su raza. Su madre le explicó que tiene que saber diferenciar, que no todos son iguales; y le enseñó a perdonar.

Nos dijo que nunca deseó pelear, pero que su comunidad fue siempre amenazada; nos refirió los enfrentamientos por los que se convirtió en el hombre más buscado de Perú. Lo acusaban de comunista y de querer hacer una revolución; se hablaba de un blanco entre los indios; el gobierno desconocía su origen. «Yo sólo quería vivir en paz con mi pueblo», rememoró con nostalgia.

Muchos intervalos de silencio, producto de una vuelta a un pasado recóndito y doloroso, eran el preámbulo a más declaraciones.
Nos relató que en Brasil, tras escaparse de Perú, fue detenido, golpeado y torturado. Lo trasladaron a un hospital; lo sujetaron con esposas, pero pudo zafarse de los caños de la cama. Antes de abandonar la habitación, escuchó ruidos y se escondió detrás de la puerta. Un policía entró y disparó a quemarropa con una ametralladora. En el dormitorio había otras dos mujeres, que fueron víctimas de los disparos. Él, con ojos ausentes, saltó sobre el policía; en un arrebato de ira, lo golpeó hasta dejarlo inconsciente.

Fugitivo de la justicia, se escondió en Venezuela. Trabajó en la hacienda de un hombre; se ocupaba de domar caballos. El hijo de aquel, mordido por una culebra, enfermó de gravedad. Muchos médicos acudieron a la hacienda, pero ninguno pudo hacer nada; el destino del muchacho parecía ser la muerte. Tatunca pidió permiso para tratarlo. A solas con el niño, le aplicó el líquido de esa flor cerrada y rosada de los bananeros. Sirve para curar mordedura de serpiente, remarcó.

Un año más tarde, mientras paseaba a la vera del río, lo arrestaron. Lo metieron en una jaula de animales y lo llevaron camino a la frontera. En un pueblo próximo, se apareció un capitán de alto rango, que se escandalizó al verlo encerrado; ordenó que lo dejaran libre y le facilitó el acceso a la Embajada de Alemania, el único posible escondite. El capitán era el hombre para el que había domado caballos, el padre del chico al que le había salvado la vida.

No fue bienvenido en la Embajada, pero tampoco rechazado. Se le concedió un pasaporte para que fuera a Alemania. Nada más aterrizar el avión, la policía le bloqueó el paso. Le dijeron que si quería ingresar al país, tenía que reconocerse alemán o indio. Indio, contestó bajando la cabeza. Los oficiales le hicieron el saludo militar y lo dejaron pasar.

Estudió Ingeniería Naval. Al concluir los estudios, con un pasaporte falso intentó volver a su comunidad. En Brasil fue otra vez arrestado. Los oficiales estaban sorprendidos de las múltiples lenguas que podía hablar, lo tildaban con sarcasmo de indio culto. Llamaron a una mujer que manejaba muchos idiomas para que le sacara información. Su nombre era Ana, aclaró. Como la finca, atinamos a responder. La misma mujer que les dijo que vinieran aquí, soltó con una media sonrisa.

Varias noches me quedé con Tatunca jugando al ajedrez, con una vela como única luz. Un día en que hicimos varias partidas y nos quedamos hasta tarde, me desconcentré del tablero: me quedé observando su rostro de facciones europeas, pero de profunda mirada aindiada. Le pregunté si estaba arrepentido de algo. Respondió que había cometido errores, aunque en su momento no los había visto como tales; arguyó que no podía llorar por cosas del pasado, a las que no había vuelta atrás; expresó que lo único que le queda es el presente: para vivirlo sin las peripecias del pasado y sin las proyecciones de un futuro incierto. Comparó al hombre con una radio: tenemos una vida útil, las señales pasan por nosotros; nuestra alma es inmortal; nuestro cuerpo, un envoltorio desechable. Al tiempo que movía una pieza en el tablero y me hacía jaque, concluyó con firmeza que de algo nunca se iba a arrepentir: de haber actuado con plenitud en cada momento de su vida.

Capítulo de Enlazador de Mundos I
(2009)

 

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